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Genio y Figura

risueño golfo de Nápolesy la dilatada extensión del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos
ypobres, comparados con la gran bahía de Río sembrada de islasfertilísimas siempre floridas y
verdes, y cuyos árboles llegan y seinclinan hasta el mar y bañan los frondosos ramos en las
ondas azules.Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez,embalsaman
el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y laslibélulas de resplandecientes colores esmaltan
y alegran el ambientediáfano. Por la noche, el cielo parece más hondo que en Europa, no
negrosino azul, y todo él lleno de estrellas más luminosas y grandes que lasque se ven en nuestro
hemisferio.
Confieso que es lástima que la vista de todo aquello no despierte ennuestra alma recuerdos
históricos muy ricos de poesía, y que lasmontañas que circundan la bahía tengan nombres tan
vulgares. No es allí,por ejemplo, como en Nápoles y en sus alrededores, donde cada piedra,cada
escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno ode muchos personajes
históricos o míticos: Ulises, las Sirenas, Eneas,la Sibila de Cumas, los héroes de Roma, los
sabios de la magna Grecia,Aníbal olvidándose de sus triunfos en las delicias de Capua, Alfonso
deAragón el Magnánimo haciendo renacer y florecer la antigua clásicacultura, todo esto acude a
la mente del que vive en Nápoles y hasta sepone en consonancia con los nombres sonoros y
nobles que conservan lossitios: el Posilipo, el Vómero, Capri, Ischia, Sorrento, el
Vesubio,Capua, Pestum, Cumas, Amalfi y Salerno.
En cambio, los nombres de los alrededores de Río no pueden ser másvulgares ni más vacíos
de todo poético significado: la Sierra de losÓrganos, el Corcobado, el Pan de Azúcar, Botafogo,
las Larangeiras y laTejuca.
La falta, no obstante, de sonoridad y nobleza en los nombres, y de altosrecuerdos históricos en
los sitios, está más que compensada por laespléndida pompa y por la gala inmarcesible que la
fértil naturalezadespliega allí y difunde por todos lados.
Nuestro mayor recreo campestre era ir a caballo a la Tejuca, con lafresca, casi al anochecer.
Pasábamos la noche en una buena fonda queallí había, donde nunca faltaba gente alegre que
jugaba a los naipes ycenaba ya tarde. También se solía bailar cuando había mujeres.
Aquel sitio era delicioso. El fresco y abundante caudal de aguacristalina que traía un riachuelo
se lanzaba desde la altura de unoscuantos metros y formaba una cascada espumosa y resonante.
Por todaspartes había gran espesura de siempre verdes árboles; palmas, cocoteros,mangueras y
enormes matas de bambúes. Innumerable multitud deluciérnagas o cocuyos volaban y bullían
por donde quiera, durante lanoche, e iluminaban con sus fugaces y fantásticos resplandores hasta
lomás esquivo y umbrío de las enramadas.
De las frecuentes expediciones a la Tejuca, ya volvíamos a altas horasde la noche, formando
alegre cabalgata, ya volvíamos al rayar el alba.
No se crea con todo, que las expediciones a la Tejuca eran el mayorencanto que Río tenía para
nosotros. Había otro encanto mucho mayor, lacasa de la Sra. de Figueredo, centro brillantísimo
de la high lifefluminense.
La Sra. de Figueredo tendría entonces de veinticinco a treinta años: erauna de las mujeres más
hermosas, elegantes y amables que he conocido. Sumarido, ya muy viejo, era quizá el más rico
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