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Genio y Figura

pues, aunque ella repugnaba elengaño y nunca había engañado a nadie sino a D. Joaquín, todavía
sefiguraba ella que en realidad no había tal engaño. Nada disimuló niocultó al casarse, y su
marido por lo tanto debió comprender desde luegoa lo que había de atenerse. Ella le hizo
confesión general anticipada.Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus
culpas,pasadas y futuras. ¿Para qué, pues, molerle y atormentarleconfesándoselas después una a
una según iban sobreviviendo? Esto nohubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No
era, pues, porD. Joaquín sino por ella misma por lo que el pecado le dolía. Le dolíael pecado
porque en su anhelo de toda clase de perfección, para ella ypara los otros, soñaba con una vida
honrada y limpia.
Por rara coincidencia, estos sueños de limpieza y de honradez acudían entropel a su mente, y
más amenudo que nunca, desde que empezó a visitarlaJuan Maury.
Sus facultades críticas y analíticas, sin poderlo remediar ella, seaplicaban a la comparación. Y
comparando al joven inglés con Arturo,Arturo salía siempre muy mal parado. Arturo era de
menos que medianaestatura y estrecho de hombros. El inglés alto, sin dejar de ser
bienproporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la eleganciale faltasen. Era el uno
moreno pálido, casi cetrino, blanco y sonrosadoel otro y rubio como las candelas. Y por último,
en lo tocante a lasprendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energía devoluntad
que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba,la diferencia aparecía enorme en la
mente escrutadora de Rafaela.
Empezó, pues, a tener vergüenza del afecto que Arturito le habíainspirado. La compasión
hacia él fue disminuyéndose casi hastadesaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud más
sólida, deconsagrarse fielmente a D. Joaquín y de ser modelo de casadas y señoramuy respetable
vino a ser la constante obsesión de su alma. Aunque ellaera un lince para notar los defectos de
las personas que trataba, no sécómo se las compuso que no halló el menor defecto en el inglesito.
Todoél le pareció una perfección. Y en vez de pensar en educarle paraelevarle a su altura, pensó
en educarse a sí misma para subir a laaltura en que le veía colocado.
Bullían todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo hartoconfuso. Lejos de ella
el imaginarse enamorada del inglesito. Elpropósito de enamorarle más lejos aún. Sólo meditaba
entonces virtud,abnegación y toda clase de sublimidades.
La única determinación firme que nacía de todo ello era la de despedir aArturito, que ya le
parecía insufrible.
Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida queconsideraba indispensable
hacer, preparaba bálsamos para curarla.
Pensó en que el término dichoso, honesto y santo de la educación que aArturito había dado,
era casarle con la más linda señorita que hubieseen Río de Janeiro, cristiana y recatadamente
educada, bonita y amable yde distinguida familia, en quien Arturito hallase una compañera digna
yfiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos yqueridísimos nietos, que
fueran el hechizo y el consuelo de su cansadasenectud.
No acierto a encarecer cuánto se deleitó Rafaela al concebir esteproyecto y el arte delicado y
el impaciente afán con que trató derealizarle.
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