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Genio y Figura

Viudo el Sr. Machado, tenía un hijo, llamado Arturo, de veintiséis añosde edad y muy lindo
mozo.
Arturo había estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde lasmujeres son
guapísimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras yde que tienen misteriosas cualidades
y encantados lazos con que sabencautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que,
por subelleza y por otros atractivos, han llegado al pináculo de la fortuna.
Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablodoscientos mil
disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó deaquella Pafos del Brasil y le envió a
Olinda, donde hay también escuelade Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven
Arturo.
Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar decivilizarse y conocer por
experiencia hasta los más delicados perfiles ylas más recientes conquistas del espíritu humano.
Arturo fue, pues, aParís, haciendo de París su residencia habitual y el centro de susexcursiones.
Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos mesesla Alemania y la Italia, y desde allí fue
a solazarse, durante losveranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde había treinta
ycuarenta y ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias yelegantes, más aptas que Egeria
para adoctrinar, pulir y dar charol alos modernos Numas.
No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supoaprovechar las lecciones que
le dieron; pero las lecciones salieronextremadamente caras. A los dos años de haber estado
Arturo en Europa,había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de lasninfas,
cerca de 400 millones o contos de reis.
No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los reisdel Brasil son fracos, y
cada uno vale la mitad de un rei dePortugal o rei gordo. Arturo, por lo tanto, no gastó una
enormidad;pero, como cada conto de reis fracos equivale sobre poco más o menos a2.500
francos, siempre resultó que su gasto, a pesar de las grandesriquezas del Sr. Gregorio Machado,
había sido excesivo, elevándose a unmillón de francos en moneda francesa.
El padre se hartó de enviar dinero, sitió por hambre a su hijo, y éstetuvo que volver a los
patrios lares harto desconsolado y mohíno, peroconvertido en el caballerete más elegante que
había pisado el suelo delBrasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa,
apellidadoCarumurú y fundador de Bahía.
Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintasesencias de las
mujeres de París, volvió muy desdeñoso, encontrando asus compatriotas feas, zafias y mal
vestidas. En ninguna de ellasdescubría un átomo de chic. La misma princesa de los Tupinambas,
ladivina Paraguassú, heroína de la epopeya nacional, si hubiera resucitadoy se le hubiera
presentado, le hubiera parecido un adefesio.
Cuando Rafaela se enteró de todas estas cosas, concibió el propósito devindicar al Brasil de
aquellos injustificados desdenes, volviendo por elhonor de su patria adoptiva y probando a
Arturito que todas las heterasparisinas no valían un pitoche comparadas con ella, y que ella
lasvencía en beldad, ingenio, sal y garabato.
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