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Genio y Figura

Ella rabió algo, riñó a D. Joaquín por haber andado en talespretensiones sin consultarla antes,
y, al fin, olvidó el desaire y sequedó tan fresca. ¿Qué necesidad tenía ella de emperatrices,
cuando eraen su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discreción, de laelegancia y del buen
tono: una princesa de Lieven o una madameRecamier de entretrópicos?
D. Joaquín fue el que se sintió quemado del desaire, originándose de laquema ciertos humos
nobiliarios, que antes nadie había notado en él yque aparecieron de repente.
Hasta entonces D. Joaquín había sido despreocupadísimo, pero, con elboato y magnificencia
de su casa, se desenvolvieron en su espíritu losinstintos de nobleza, combinados con la afición a
la poesía. En suma, D.Joaquín hizo saber a todos sus amigos que descendía nada menos que
delheroico trovador Güesto Ansures, el cual machucó a un enjambre de moroscon un ramo de
higuera, por donde tomó el apellido de Figueredo, que D.Joaquín todavía llevaba.
Aunque Rafaela lo repugnó, D. Joaquín no quiso ceder nunca: no laobedeció contra su
costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros ycortinas de su antecámara, y pintar en sus
coches, el escudo de armas delos Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las
cincodoncellas que Güesto Ansures había libertado, cuando las llevaban a lamorería para pagar
el feudo de ciento a que se obligó al rey Mauregato.
A regañadientes aguantó Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudoresistir a la
tentación de reírse un poco de él. Y para ello asegurabaque, según el antiquísimo romance, que
escribió Güesto Ansures, lasdoncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada más las hojas
dehiguera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellosmalditos moros pudieron
escaparse, huyendo a uña de caballo delmachucador ramo de higuera del ascendiente de don
Joaquín, y se llevarona Andalucía a una de las seis niñas gallegas, la cual vino a ser prontola
sultana favorita del Miramamolín. De esta sultana afirmaba Rafaelaque descendía ella, de suerte
que su nobleza era tal para cual y nomenos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si él
tenía porapellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recóndito de suorigen, había llegado a
averiguar, por claros y evidentes indicios, quesu estirpe, prosapia, abolengo y apellido era
Benjumea, que equivale aBen Humeya, apellido de los califas de Córdoba, estropeado y
malpronunciado por los ignorantes.
Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D.Joaquín, pero éste
refutaba victoriosamente el argumento. Decía Rafaelaque no eran los Figueredos de Portugal,
sino los Vargas Machucas deCastilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo
de lascien doncellas. Y D. Joaquín contestaba que los Vargas Machucas, enefecto, descendían
también de Güesto Ansures, si bien la rama principaly legítima era la de los Figueredos, mientras
que los Vargas Machucaseran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, según
D.Joaquín había oído explicar a una persona muy docta en la ciencia delblasón, a la que aplicaba
como auxiliar la ciencia etimológica, Vargas oBargas, que es como debiera escribirse, es una
contracción de losvocablos Barragana y Barragania. Por fortuna, ningún caballero quetuviese el
apellido de Vargas asistió jamás a la tertulia de Rafaela, yD. Joaquín pudo sostener su tesis, poco
lisonjera para los Vargas, sinpromover el menor altercado.
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