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Gatsby
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competencia y nos amemos como hermanos. Así pues, hijamía, tú y el Sr. D. Pedro Lobo debéis
empezar por dar el ejemplo, y túcomo representante de Europa y singularmente de España, y él
como sifuera el propio genio de América, lejos de pelearos y de maltrataros coninsultantes
recriminaciones, debéis formar estrecha alianza fraternal yser clarísimo espejo de amistad y de
concordia.
Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaquín losánimos exaltados de su
gentil esposa y del fanático americano.
Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenían largos momentos y aunhoras de tregua
agradabilísima; se hablaban al oído sin disputarsecuando así hablaban; y solían salir juntos a
caballo y dar deliciosospaseos, galopando y trotando por los fértiles y pintorescos alrededoresde
la ciudad, ya cuando se ponía el sol a la caída de la tarde, ya ennoches apacibles de luna.
Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputashistórico-filosóficas, pero la tuvo
pronto de las intimidades y de lospaseos. En su dignidad, jamás quiso darse por entendido ni
mostrarsequejoso, pero desistió por completo de acudir y aun de pedir nuevascitas, dado que las
antiguas hubiesen sido realidad y no invención ofábula de desocupados maldicientes.
-XIII-
Aunque dicen que de la discusión sale la luz, fuerza es confesaraquí que no salió luz ninguna
de la discusión constante que Rafaela y elgaucho tenían, y en la que a veces tomaban parte
varios tertulianos dela casa, diputados, senadores, hombres políticos y poetas, que siempreen el
Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todosMagalhaens, Gonzálvez Díaz y
Araujo Portoalegre, los cuales erancomensales de la casa, complaciéndose Rafaela en tratarlos
yagasajarlos.
Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones ciertotinte de sabiduría y
refinamiento aristocráticos.
Había educado tan bien a D. Joaquín, espoleándole para aquellos trotes,que él había ido, en su
carrera desenfrenada, más allá de la meta queella le puso. De aquí algunos percances y
desengaños, que aguaron algoel contento con que D. Joaquín vivía, pero que a Rafaela no
leimportaron un comino.
D. Joaquín había prestado al gobierno Imperial muy notables servicios,en premio de los
cuales, le habían dado la encomienda de la Rosa y hastase habló de que acaso le darían un título,
si bien el título no llegónunca.
Para no hacer ruido y para no dar qué decir, D. Joaquín pretendió conmucho disimulo,
tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada ala emperatriz; pero la augusta señora no
quiso recibirla, ya pensando enla vida que se decía que Rafaela había hecho en España y en
Lisboa, yarecordando que en el gran teatro de Río la habían silbado cuando ellabailaba el vito o
cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradasentonces.
 

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