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Genio y Figura

-XII-
Soliviantado el espíritu de Rafaela por la contradicción, extremabasu doctrina casi tanto como
extremaba la suya el gallardo gaucho. Segúnella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo
habían degenerado y sehabían depravado hasta tal punto, que jamás ellos solos hubieran
podidosalir del tenebroso abismo en que se habían sumido. Fue menester quevinieran los
españoles y que para sacarlos de él les tendiesen la mano.Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si
hubieran llegado pocos años después,las semicivilizaciones que encontraron en Méjico, en
Bogotá y en elvasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera caídoen el
estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismoy las guerras constantes de unas
tribus con otras hubieran barrido desobre la faz de aquel inmenso continente la degradada
especie humana.Los indios, por lo tanto, debían estar eternamente agradecidos a losespañoles
que los habían levantado de la abyección y que les habíandevuelto el ser de criaturas racionales
que casi habían perdido.
Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitabanla cólera de Pedro
Lobo y hacían brotar de sus labios feroces discursosen contra.
Solían verificarse tales controversias después de la comida, cuandoPedro Lobo estaba
convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo.
A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrión sequedaba dormido; pero
cuando no se dormía, o bien cuando despertaba yveía a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos
ambos y en la más encarnizadacontienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre
conciliadory benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de él y la manode ella y los
atraía para que se las diesen, aconsejándoles que echasenpelillos a la mar, para lo cual
pronunciaba también su discurso,buscando y quizás hallando un juicioso término medio entre las
dosopuestas doctrinas.
—Confesemos—decía—que los españoles fueron unos heroicos desalmados, lopeor de cada
casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista,hicieron infinidad de barbaridades; pero
confesemos también que losindios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos
losdiablos. Su ignorancia era tal que no sabían escribir ni leer, nialumbrarse con un candil
durante la noche, ni valerse de más bestias decarga que de ellos mismos, ni criar animales
domésticos, ni ser pastoressiquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus ídolos y
estabancorroídos por la gangrena de los vicios más nefandos, y sobre todo porla afición de
comerse unos a otros. Los españoles vinieron a remediartodo esto, y aunque trajeron inquisición,
intolerancia religiosa, cruelcodicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que
seles encomendaban, todavía puede asegurarse que trajeron más bienes quemales; animales de
carga para que el indio no lo fuese, animalessabrosos para que el indio se los comiese en vez de
comerse a otroindio, y otras muchísimas cosas, que sería prolijo enumerar, así parabienestar del
cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto ala ruina de Europa que mi amigo
Lobo presiente, yo no la veo tancercana. Por allá son listos y ya irán pasteleando y
allanandodificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de máquinas,ingeniaturas y otras
invenciones sutiles, coman mejor, vivan máscómodamente y luzcan trapitos de cristianar de
diario. Esto no obstapara que progresemos también por aquí, sin que nuestra prosperidad
nazcade la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por allá y por acáprosperemos en
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