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Genio y Figura

diplomático portugués, conquien he tenido amistad afectuosa y constante. En
nuestrasconversaciones, cuando estábamos en el mismo punto, y por cartas, cuandoestábamos en
punto distinto, discutíamos no poco, sosteniendo las másopuestas opiniones, lo cual, lejos de
desatar los lazos de nuestraamistad, contribuía a estrecharlos, porque siempre teníamos
quédecirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecían animadas yamenas.
Firme creyente yo en el libre albedrío, aseguraba que todo ser humano,ya por naturaleza, ya
por gracia, que Dios le concede si de ella se hacemerecedor, puede vencer las más perversas
inclinaciones, domar elcarácter más avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El
Vizconde,por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba quetoda persona era
como Dios o el diablo la había hecho, y que no habíapoder en su alma para modificar su carácter
y para que las acciones desu vida no fuesen sin excepción efecto lógico e inevitable de
esecarácter mismo.
Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningún caso particularpueden inferirse reglas
generales. Por esto creo yo que siempre es falsao es vana cualquier moraleja que de una novela,
de un cuento o de unahistoria se saca.
Mi amigo quería sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama queambos hemos conocido y
tratado con alguna intimidad, y quería probar sutesis y la verdad trascendente del refrán que
dice: genio y figura,hasta la sepultura.
Yo no quiero probar nada, y menos aún dejarme convencer; pero la vida,el carácter y los
varios lances, acciones y pasiones de la persona quemi amigo ponía como muestra son tan
curiosos y singulares, que meinspiran el deseo de relatarlos aquí, contándolos como quien cuenta
uncuento.
Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni enseñarnada, sino divertir algunos
momentos o interesar a quien me lea.
-II-
Hace ya muchos años, el vizconde y yo, jóvenes entonces ambos,vivíamos en la hermosa
ciudad de Río de Janeiro, capital del Brasil, dela que estábamos encantados y se nos antojaba un
paraíso, a pesar deciertos inconvenientes, faltas y aun sobras.
La fiebre amarilla, recién establecida en aquellas regiones, solíaensañarse con los forasteros.
Las baratas, que así llaman allí a ciertas asquerosas cucarachas conalas, nos daban muchísimo
asco, sobre todo en los instantes que precedena la lluvia, porque dichos animalitos buscan
refugio en lashabitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, seposan en los
muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olorempalagoso y algo nauseabundo.
Otros inconvenientes y sobras había también por allí, aunque no hablo deellos por no pecar de
prolijo. Pero en cambio, ¡cuánta hermosura ycuánta magnificencia! El Bósforo de Tracia, el
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