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Genio y Figura

Oriental del Uruguay, enfavor de Rosas y a las órdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no
sinfundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el másrudo adversario de la
valerosa legión italiana mandada por Garibaldi.
Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mérito dePedro Lobo, le llamó
a su lado y le prestó toda su confianza.
Era Pedro Lobo fanático de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos comoél en su amor y en
su entusiasmo por América y en su aborrecimiento delos europeos.
Allá a su manera, no sabré decir si de su propio caletre, o de oídas, opor lecturas de algunos
libros, Pedro Lobo había sacado o construido unasingular filosofía de la historia. Según él era
evidentísimo el progresodel linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada
vezmás nobles. Fue primero la raza negra: vino después la raza amarilla. Ycuando la raza
amarilla alcanzó el término de su cultura y puso enpráctica todo su ideal, apareció la raza blanca
con su gloriosa historiade persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y nacionescristianas,
medioevales y modernas. Pero el fin de la civilización deEuropa tocaba ya a su término. De su
propio seno habían de surgir susdestructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de
lamiseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por eldesprecio, había de levantarse
lleno de ira y acabar con todo. Lasabultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias,
promovidaspor el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinión. Aquello erapara él el
principio del fin. La evolución total de la cultura europeavendría al cabo a terminar en espantosa
tragedia; pero en América estabael porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, debía ya
mostrar enflor la aurora de más alta, sana, poderosa y duradera civilización, enaquel nuevo
continente. La audaz empresa de Colón y la venida de losespañoles habían retardado este
florecimiento y aun puesto en peligro deque se secara o se destruyera la planta en que había de
darse. SegúnPedro Lobo, los españoles habían sido como venenoso reptil que trepa alo alto de la
roca donde el cóndor tiene su nido, y devora o mutila alos polluelos antes de que les crezcan las
alas para enseñorearse delespacio sin límites, remontarse más allá de las nubes, y mirar el sol
dehito en hito. Los españoles habían sido, cuando aportaron a América,como granizo destructor
que cae en fértil suelo, al empezar laprimavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los
árboles,impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den más tardefrutas sabrosas y
dulces. En todas las tribus y lenguas que cubrían yanimaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en
el Yucatán, en Guatemala, enla risueña meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el
restode la América del Sur, sobre todo, entre los quichúas y los guaraníes,germinaba y estaba ya
pronta a abrirse como flor hermosa unacivilización original e indígena que los españoles
arrancaron de cuajo,borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendola
raza que iba a dar al mundo esa civilización llena de novedadinaudita, ora sumiendo en la
abyección a esa raza por medio de laservidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos
castigos.
Pedro Lobo tenía en sus venas mucha sangre india, pero también tenía ensus venas sangre
española. La sangre india, sin embargo, se sublevabafuriosa contra todo cuanto había en él de
español. Aún esperaba él elremedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el
represadomanantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, yque su
comprimida superior cultura retoñase y apareciese espléndidaantes de que desapareciese la
civilización europea en medio de lasconvulsiones de un horroroso cataclismo.
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