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Genio y Figura

El benéfico prurito de educar y de corregir que había en el alma deRafaela, llegó a tener
influjo hasta en su confesor y directorespiritual el Padre García.
Era este un venerable siervo de Dios, diserto y suave en sus coloquios,notable teólogo
dogmático y severo moralista, cuyos consejos yadvertencias valieron mucho a Rafaela, aunque a
menudo, y muy a pesarsuyo, no los seguía: culpa acaso del irresistible ímpetu de suapasionado
carácter.
Sólo deslustraba el indiscutible mérito del Padre García una inveteraday perversa maña, que
desde la infancia había en él, y que le habíavalido entre sus condiscípulos del seminario el
farmacéutico apodo dePildorillas. Era prodigiosa la inagotable fecundidad del filón dedonde el
Padre García las sacaba y las fabricaba. Sus narices eranvenero inexhausto. Eran como los
encantados cubiletes delprestidigitador más aplaudido. En cuanto cabe en lo humano, daban
unaidea aproximada del milagro de pan y peces. ¡Pues bien: apenas parececreíble! Rafaela, con
gracioso talento, con amistosa delicadeza, sin dara conocer que notaba en el Padre aquel vicio y
censurándole sólo en losotros, logró curarle de él radicalmente, y esto, hasta tal extremo
deperfecta curación, que, según los informes que he podido adquirir, elPadre García en los
muchos años, que para bien y provecho de las almas,ha vivido después, no ha fabricado una sola
píldora siquiera.
-XI-
Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entendía Rafaela queestaba un sujeto, y
mientras mayores simpatías le inspiraba, mayor y másvehemente era en ella el deseo de corregir
sus faltas, haciendo de él undechado de perfección, hasta donde la perfección es dable a
nuestradecaída humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadieanheló más
fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con elilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo
de Juan Manuel Rosas, dictador dela República Argentina.
En 1850, Pedro Lobo había venido a Río con el carácter oficial deAgregado militar a la
Legación de su patria, si bien se susurraba quetenía instrucciones secretas del dictador, cuyo
favorito era.
La fama había precedido en Río a Pedro Lobo, refiriendo susextraordinarias hazañas contra
los indios del extremo Sur de la Pampa,más allá de Carmen de Patagones, y contra los unitarios
refugiados enMontevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de suscorrerías por las
más apartadas regiones de la misma Pampa, de losAndes, y de la Patagonia, y ensalzando sus
raras prendas de carácter, subrío indómito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios
delcuerpo. Nadie desbravaba mejor que él el más fogoso potro no domado;nadie disparaba mejor
las bolas ni detenía con el lazo, ya a los torosbravos, ya a los ligeros avestruces o ñandúes, ni
nadie manejaba mejorel puñal y el machete, ni tenía tino más certero con la carabina.
Mil lances extraños y no pocos actos de inaudito arrojo habían dado aPedro Lobo fama de
hábil y astuto capitán y de valeroso soldado,sirviendo, durante seis años, en la República
 
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