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Genio y Figura

Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto porlos gigantescos árboles
que le daban sombra y frescura, como por lasolorosas y variadas flores que cubrían el suelo, por
las orquídeas quecrecían parásitas en los añosos troncos, y por las plantas enredaderasque,
formando guirnaldas y festones, entrelazaban los árboles, haciendoa veces impenetrable la
espesura, si un negro no caminaba delante conuna hoz abriendo camino.
Rafaela era poco campestre. Rara vez iba a la chácara. Y como D.Joaquín iba a menudo y
pasaba en ella tres o cuatro días seguidos y enocasiones hasta una semana, el vulgo malicioso
murmuraba que, duranteestas ausencias, Rafaela usaba y hasta abusaba de la libertad en que
ladejaba su marido.
Como quiera que ello fuese, al menos durante los tres primeros años,según ya queda dicho
siempre fue de maravillar o la virtud de Rafaela osu prudencia sigilosa. A pesar de la jactancia
de muchos hombres quegustan de hacer creer que son favorecidos, ninguna acusación
terminantehubo contra Rafaela. D. Joaquín, atendidas sus circunstancias y las desu señora, podía
pasar, por inverosímil milagro, como marido venturoso yrespetadísimo.
La primera sospecha que vino poco a poco a tomar cuerpo, adquiriendovisos y trazas de
certidumbre, fue de inusitada y singular importancia.Se supuso que un egregio personaje, sin par
en todo el imperio por suelevación, en noches en que Rafaela no recibía a sus tertulianos
portener jaqueca, penetraba en la casa de ella y permanecía allí no pocashoras.
Hasta llegó a contarse una muy curiosa particularidad, que prueba cómoel vulgo lo atisba, lo
huele y lo descubre todo.
En las noches en que el personaje egregio penetraba o se suponía quepenetraba con misterioso
recato en casa de Rafaela, se cuenta que pocoantes venía un sujeto de honrosa servidumbre
trayendo en su coche dostatarretes.
¿Qué pensará el curioso lector que dichos tatarretes contenían? La gentelo declaraba como si
lo hubiese visto y probado. En el uno había leche,y manteca de vacas en el otro. Es rareza
inexplicable que en todanuestra península ibérica, y probablemente en sus colonias hasta
tiemposnovísimos, apenas haya habido nunca vacas de leche ni con la leche devacas se haya
hecho manteca. Tal vez, hará cuatro o cinco siglos, lamanteca de vacas se hacía en España y se
llamaba butiro. Si la palabracayó en desuso fue porque antes dejó de usarse la sustancia que con
lapalabra se significa. Apenas se comprende, pero es lo cierto, que cosatan primitiva no se haya
hecho nunca o haya dejado de hacerse en Españadurante cuatro o cinco siglos. Lejos de ser el
butiro una novedad,traída por el progreso humano, parece que ya las hijas de los primitivosarios,
en las faldas del Parapamiso, ordeñaban las vacas y de su lechesacaban exquisita y fresca
manteca, tomando ellas nombre de este mismooficio o arte en que se empleaban, pues afirman
los sabios etimólogosque la palabra hija, en el lenguaje de los vedas, equivale a la queordeña las
vacas y hace la manteca.
Pero pongamos a un lado estas sabias disquisiciones y contentémonos condeclarar que, allá
por el tiempo en que ocurría lo que voy contando, erapunto menos que imposible proveerse en el
Brasil de leche de vacas ybutiro fresco para tomar el té, por donde, cuando un egregio
personajequería tomarle en compañía de alguna dama muy querida, enviaba él deantemano a la
casa de ella la leche de vacas y la manteca.
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