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Genio y Figura

Como yo soy ferviente admirador de Rafaela, no se ha de extrañar que veay note cierta
bondad ingénita hasta en aquella parte de su alma que lainduce e impulsa hacia lo malo. Si ella
peca, según se murmura, a pesardel honesto recato con que lo encubre, su pecado, en mi sentir,
nace deciertas virtudes originales, que no sé cómo demonios se tuercen y seladean. Su
generosidad y su piadosa misericordia son tan grandes que aveces no sabe decir que no a quien
ella cree verdaderamente necesitado ya quien le pide con ahínco. Al mismo tiempo su
comprensión de lahermosura es clara y sublime, y se combina con la caridad, y está en sumente
unida en apretado lazo con la idea de un fin y de un propósito.Ella, a no dudarlo, debe ver y
reconocer su gallardo cuerpo, y sobretodo ahora que se halla en la plenitud de su florecimiento,
en el puntoculminante de su esplendidez y de su gala, como el sol en el meridiano.Y de seguro
que dice para sí, en misteriosos soliloquios: ¿Para quésirve, para qué vale todo esto, si no lo
comunico y si lo escondo?Cuando de mí depende la bienaventuranza de alguien, ¿cómo negarme
a quesea bienaventurado? ¿Del chico mal que causo a mi D. Joaquín, sin que éllo sienta ni lo
vea, no resulta un bien grandísimo para otros sujetos?¿Qué cosa sustancial, qué tesoro, qué joya
quito yo a mi D. Joaquín paraque un extraño la disfrute? ¿Por qué no regalar a quien lo merece
ypuede con lo que mi D. Joaquín ya no sabe ni puede regalarse?
Tales son los execrables raciocinios que han de acudir en ocasiones a lamente de Rafaela, y
que, corroborados por la compasión y la ternura,pueden haber dado al traste con todos sus
propósitos de honestidad, ental cual deplorable momento.
Yo estoy segurísimo de que Rafaela se ha arrepentido después, ha lloradocomo una
Magdalena, ha confesado su culpa, ha hecho penitencia ypropósito de la enmienda; pero recelo
que ha reincidido más tarde conlastimosa flaqueza.
Ya que no para disculparla, para atenuar su falta y su responsabilidadmoral deben valer el
descuido de su vida pasada; el nunca conocido porella vergonzoso temor de las niñas que se
crían vigiladas por madresvirtuosas; los ejemplos, siempre desaforados, que ha visto en
tornosuyo, en vez de verlos buenos, y hasta la carencia del orgullo señoril,que no podía perder,
porque nunca le había tenido, y que sólo podíacontrahacer para la generalidad de los hombres
que le eran indiferentes,mas no para aquellos cuyo talento, gallardía o elegancia
leentusiasmaban. Para estos no acertaba a ser arisca, y el escudo queponía contra ellos delante de
su corazón se derretía como la escarchacuando se levanta el sol en el Oriente en las mañanas del
mes de Mayo.
Así disertaba el Vizconde con profundidad filosófica, elevándose a lascausas sin determinar
los efectos. Dejaba entrever, examinando lascausas, cuál había podido ser la conducta de
Rafaela, pero no declarabacuál en realidad había sido. Esto me hace pensar que el método con
quehasta ahora voy escribiendo esta narración, más que de novela, es propiode historia. Y como
la historia, por falta de testigos, documentosjustificativos y otras pruebas, quedaría en no pocas
interioridadesincompleta y obscura, voy en adelante a prescindir del método históricoy a seguir
el método novelesco, penetrando, con el auxilio del numen queinspira a los novelistas, si logro
que también me inspire, así en elalma de los personajes como en los más apartados sitios donde
ellosviven, sin atenerme sólo a lo que el Vizconde o yo podríamos averiguarvulgar y
humanamente.
En lo sucesivo, además, yo me retiro de la escena, donde, como actor,nada tengo que hacer.
De esta suerte podré contar con menos dificultadesy tropiezos lo que hagan los otros. En cuanto
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