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Gatsby
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parecía un hombre nuevo:era como la oruga, asquerosa y fea durante el período de nutrición
ycrecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplansus altos fines,
transforma la mencionada deidad en brillante y pintadamariposa.
-VII-
Como aún me queda no sé qué escozor y desasosiego de no haber dado,a pesar de todo lo
dicho, concepto cabal de la transfiguración visible ypalpable que en D. Joaquín se había
verificado, quiero hablar aquí de unsolo perfil o toque, a fin de que por él se infiera, rastree y
calculeel cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tenía además lavista un poco
fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, queen el Brasil y en Portugal llaman
cangalhas. Siempre las teníaprendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver,
selas apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, locual no era nada bonito.
Así es que Rafaela hizo que suprimiese lascangalhas y que, en lugar de ellas, gastase monóculo.
Todo, pues,contribuía a que tuviese el aspecto fashionable, atildado y digno deun antiguo
diplomático jubilado.
A su rara discreción y al entrañable afecto que había inspirado debióRafaela los mencionados
triunfos; pero los debió también a sus lisonjas,llenas de sinceridad y fundadas en fe altruista.
Esto requiereexplicación, y voy a darla.
Seriamente no es lícito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaquín;pero sí puede, y debe
afirmarse, que le cobró grande amistad y le estimóen mucho, considerándole casi un genio para
todo aquello que a lacrematística se refiere. Y como se lo decía, dándole encarecidasalabanzas,
le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin elmenor artificio. Así el imperio que
sobre él había adquirido se hizo másfirme y más completo.
No se vaya a creer que presentamos aquí a Rafaela como un pozo desabiduría. Su educación
había sido descuidadísima, o mejor dicho,Rafaela no había recibido ninguna educación; pero
naturalmente era muylista. En sus ratos de ocio, había aprendido a leer y a escribir,
aunqueescribía sin reglas y apenas leía de corrido. Sólo había leído algunasnovelas y los
periódicos. Como tenía buen oído, excelente memoria ynotable facundia, hablaba, sin embargo,
la lengua castellana con primory gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa
además,con el trato constante de la gente fina, se había soltado a hablar enportugués y hasta a
chapurrear el francés un poquito. Pero lo que mejoradquirió, no en escuelas ni en academias, ni
menos con lecturas asiduas,sino en la conversación y trato de personas de mérito, fue un
temprano ypasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntosque se
llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela teníadisposición maravillosa. Era una
mujer de prendas naturales nadacomunes.
Comprendido así el carácter y el entendimiento de Rafaela, no pareceráinverosímil lo que
tenemos que contar ahora y podremos contarlo enresumen rápido, sin entrar en pormenores.
 

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