losbazares de todo a real. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,corbatas que no usaba,
botonaduras que no se ponía nunca. Jacintarecibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y
lo ibatrasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyotraspaso no le
permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería teníala señora de Santa Cruz verdadera pasión.
De la tienda de su hermanotraía piezas enteras de holanda finísima, de batistas y madapolanes.
D.Baldomero II y D. Juan I tenían ropa para un siglo.
A entrambos les surtía de cigarros la propia Barbarita. El primerofumaba puros, el segundo
papel. Estupiñá se encargaba de traer estospeligrosos artículos de la casa de un truchimán que los
vendía deocultis, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajode su capa verde,
el corazón le palpitaba de gozo, considerando latrastada que le jugaba a la Hacienda pública y
recordando sus hermosostiempos juveniles. Pero en los liberalescos años de 71 y 72 ya era
otracosa... La policía fiscal no se metía en muchos dibujos. El temerariocontrabandista, no
obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro paraprobar al mundo entero que era hombre
capaz de arruinar la Renta si selo proponía. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las
regateaba,olía el tabaco, escogía lo que le parecía mejor y pagaba muy bien.Siempre tenía D.
Baldomero un surtido tan variado como excelente, y elbuen señor conservaba, entre ciertos
hábitos tenaces del antiguohortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.
Guillermina, virgen y fundadora
De cuantas personas entraban en aquella casa, la más agasajada por todala familia de Santa
Cruz era Guillermina Pacheco, que vivía en lainmediata, tía de Moreno Isla y prima de Ruiz-
Ochoa, los dos sociosprincipales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las doscasas
estaban tan próximos, que por ellos se comunicaba doña Bárbara consu amiga, y un toquecito en
los cristales era suficiente para establecerla correspondencia.
Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta nicumplimiento alguno. Ya
tenía su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar
a hacer media o acoser. Llevaba siempre consigo un gran lío o cesto de labor, calábaselos
anteojos, cogía las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.Hubiera o no en las otras
habitaciones gente de cumplido, ella no semovía de allí ni tenía que ver con nadie. Los amigos
asiduos de la casa,como el marqués de Casa-Muñoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban
yacomo se mira lo que está siempre en un mismo sitio y no puede estar enotro. Los de fuera y los
de dentro trataban con respeto, casi conveneración, a la ilustre señora, que era como una figurita
denacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunqueno tantas como la de
Barbarita, las mejillas sonrosadas, la bocarisueña, el habla tranquila y graciosa, y el vestido
humildísimo.
