vuelvo... en Abril ya estoy andando para acá.Ya verá mi tía si me hago yo místico, y tan místico,
que dejarétamañitos a los de aquí... ¡Oh!... mi niña adorada bien vale una misa. Yentonces
gastaré un millón, dos millones, seis millones, en construir unasilo benéfico. ¿Para qué dijo
Guillermina? ¡Ah!, para locos; sí, es loque hace más falta... y me llamarán la Providencia de
losdesgraciados, y pasmaré al mundo con mi devoción... Tendremos uno, dos,muchos hijos, y
seré el más feliz de los hombres... Le compraré alCristo aquel tan lleno de cardenales una urna
de plata... y...».
Se levantó, y después de dar dos o tres paseos, volvió a sentarse juntoa la mesa donde estaba
la luz, porque había sentido una opresiónmolestísima. Las pulsaciones, que un instante cesaron,
volvieron confuerza abrumadora, acompañadas de un sentimiento de plenitud torácica.«¡Qué
mal estoy ahora!... pero esto pasará, y me dormiré. Esta noche voya dormir muy bien... Ya va
pasando la opresión. Pues sí, en Abrilvuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que...».
Tuvo que ponerse rígido, porque desde el centro del cuerpo le subía porel pecho un bulto
inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiración.Alargó el brazo como quien acompaña del
gesto un vocablo; pero elvocablo, expresión de angustia tal vez, o demanda de socorro, no
pudosalir de sus labios. La onda crecía, la sintió pasar por la garganta ysubir, subir siempre. Dejó
de ver la luz. Puso ambas manos sobre elborde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoyó la
frente en ellasexhalando un sordo gemido. Dejose estar así, inmóvil, mudo. Y en aquellaactitud
de recogimiento y tristeza, expiró aquel infeliz hombre.
La vida cesó en él, a consecuencia del estallido y desbordamientovascular, produciéndole
conmoción instantánea, tan pronto iniciada comoextinguida. Se desprendió de la humanidad,
cayó del gran árbol la hojacompletamente seca, sólo sostenida por fibra imperceptible. El árbol
nosintió nada en sus inmensas ramas. Por aquí y por allí caían en el mismoinstante hojas y más
hojas inútiles; pero la mañana próxima había dealumbrar innumerables pimpollos, frescos y
nuevos.
Ya de día, Guillermina se acercó a la puerta y aplicó su oído. No sentíaningún rumor. No
había luz. «Duerme como un bendito... Buen disparateharía si le despertara». Y se alejó de
puntillas.

