día, tuvo quepensarlo porque no quería dar cuenta a doña Lupe de tal visita, temerosade que
metiera en ella su cucharada, y discurrió que era preciso escogerun día en que la de los pavos
fuera al Monte de Piedad.
«El viernes... ¿le parece a usted bien?, de diez a once de la mañana».
—Perfectamente... Adiós, hija, conservarse.
(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no medé un plantón.
—¡Quia!... No faltaba más.
Quedose un rato Fortunata en la puerta mirándola subir, calle arriba, ydespués entró despacio,
meditabunda. En todo el resto del día no la pudoapartar de su mente. ¡Qué extraordinaria mujer
aquella! Sentíala dentrode sí, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado
encomunión. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interiorcomo sustancias
perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi sedurmió, y estaba ella dando vueltas en
la cama sin poder coger el sueño,vínole a la imaginación una idea que la hizo estremecer. Con
talclaridad veía a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro noera esto, sino que se le
parecía también a Napoleón, como Mauricia laDura. ¿Y la voz?... La voz era enteramente igual a
la de su difuntaamiga. ¿Cómo así, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo quefuese, la
simpatía misteriosa que le había inspirado Mauricia, se pasabaa Guillermina. ¿Cómo, pues, se
podían confundir la que se señaló por susvergonzosas maldades y la santa señora que era la
admiración del mundo?«Yo no sé cómo es esto—discurría Fortunata—; pero que se parecen
notiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Señor, ¡qué seráesto!».
Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar elsentido de tal fenómeno,
y llegó a figurarse que de los restos fríos deMauricia salía volando una mariposita, la cual
mariposita se metíadentro de la rata eclesiástica y la transformaba... ¡Cosa más rara!¡El mal
extremado refundiéndose así y reviviendo en el bien más puro!...¿Pero no podría ser que
Mauricia, arrepentida y bien confesada yabsuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y
pura, tanpura como la misma santa fundadora... o más, o más? «¡Qué confusión,Dios mío! Y que
no haya nadie que le explique a una estas cosas...».
Después le causaba pavor la visión figurada de los pies de Mauricia...En la oscuridad, que
surcaban rayas luminosas, veía las botas elegantesy pequeñas de la difunta... Los pies se movían,
el cuerpo se levantaba,daba algunos pasos, iba hacia ella y le decía: «Fortunata, querida amigade
mi alma, ¿no me conoces? ¡Re...! Si no me he muerto, chica, si estoyen el mundo, créetelo
porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doñaGuillermina, la rata eclesiástica. Mírame bien,
mírame la cara, lospies... las manos, el mantón negro... Estoy loca con este asilopastelero, y no
hago más que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba.Sr. Pepe, ¿me hace usted esos gatillos o
no?... ¡peinetas se debíanvolver!».
