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Villalonga se despidió reiterando sus buenos deseos respecto a NicolásRubín.
«¡Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!—dijo D. Evaristo llamándolecuando ya estaba en la
puerta—. Por Dios y todos los santos, no meolvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a
ese que llamanRamsés II».
—Está recomendado en una nota de indispensables. Conque más no puedohacer.
—Mire usted que no me deja vivir... Todos los días viene tres veces. Lanoche que me dieron
el Viático, en el momento aquel, miré para este ladoy lo primero que vi fue a Ramsés II, con una
vela en la mano. ¡Cómo memiraba el infeliz!... Creo que no me morí de tanto como rezó
Villaamil,pidiendo a Dios que viviera.
—Podrá ser... No le olvidaré. Abur, abur.
Y D. Evaristo se quedó solo, pensativo y dulcemente ensimismado,saboreando en su
conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todoel bien posible, o de haber evitado el mal
en la medida que laProvidencia ha concedido a la iniciativa humana.
-V-
Otra restauración
-I-
Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a lasdulzuras tranquilas del
método en la vida, concluyen, abusando en ciertomodo de la regularidad, por someter al casillero
del tiempo, no sólo lasocupaciones, sino los actos y funciones del espíritu y aun del cuerpoque
parecen más rebeldes al régimen de las horas. Así, pues, la grandoña Lupe, cuya existencia era
muy semejante a la de un reloj con alma,había distribuido tan bien el tiempo, que hasta para
pensar en cualquierasunto de interés que sobreviniese, tenía marcada una parte del día y
undeterminado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una deesas ideas, hermanas del
abejorro, que se plantan en el cerebro y no haymedio de sacudirlas, o doña Lupe no meditaba, o
tenía que hacerlosentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en elcaballete de
la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muyrepantigado en un extremo de la alfombrita. La
meditación era mucho máshonda y eficaz si la señora tenía metida toda la mano izquierda,
hastamás arriba de la muñeca, dentro de una media, y si las claraboyas deesta eran bastante
anchas para poder tener sobre ellas enrejados comolos de una cárcel. Tal era la fuerza del
método, que doña Lupe nopensaba a gusto sino allí, así como para hacer sus cálculos
aritméticosel mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (entiempo de
 

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