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Gatsby
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Las fotografías que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, perocolgadas con tan poco
sentimiento de la simetría, que se las creeríaseres animados que andaban a su arbitrio por la
pared.
«Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien—dijo doña Lupe mirandoseverísimamente a su
sobrino—. Siéntate que hay para rato».
-III-
Doña Lupe la de los Pavos
-I-
Maximiliano no se sentó, doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajodel retrato, como para
dar más austeridad al juicio. Repitió el «muybien, Sr. D. Maximiliano» con retintín sarcástico.
Por lo general,siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole señor don, el pobrechico veía
la nube del pedrisco sobre su cabeza.
«¡Estarse una matando toda la vida—prosiguió ella—, para sacaradelante al dichoso sobrinito,
sortearle las enfermedades a fuerza demimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan
de la boca,hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que alfin!... ¡Buen
pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoyperfectamente informada. Sé quién es esa...
dama ilustre con quien tequieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... ¿Y creerás
quevamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es unachiquillada y no se hable
más del asunto».
Maximiliano no podía decir tal cosa; pero tampoco podía decir otra,porque si en el fondo de
su ánimo empezaban a levantarse olas deentereza, esas olas reventaban y se descomponían antes
de llegar a laorilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro desí la energía no
la podía mostrar por aquella pícara emoción nerviosaque le embargaba. Dejó esparcir sus
miradas por la pared testera, comobuscando por allí un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y
en losgrandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algoinsignificante y que nada
tiene que ver con la situación. Maximilianocontempló un rato el grupo fotográfico de las chicas
de Samaniego,Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muyadusta, la
otra sentimental. ¿Por qué miraba aquello? Su turbación lellevaba a colgar las miradas aquí y
allí, prendiendo el espíritu encualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que
sosteníanlos retratos.
«Explícate, hombre—añadió doña Lupe, que era viva de genio—. ¿Es unaniñería?».
 

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