de viejo!, y estuve todo aquel díahaciendo catálogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a
Bárbara, nidejarme arrastrar por ella, y me decía: «Tengamos serenidad y nochocheemos hasta
ver...». Pero pensando en ello, te lo digo ahora enconfianza, salí a la calle, me reía solo, y sin
saber lo que me hacía,me metí en el Bazar de la Unión y...».
Don Baldomero, acentuando más su sonrisa paternal, abrió una gaveta desu mesa y sacó un
objeto envuelto en papeles.
«Y le compré esto... Es un acordeón. Pensaba dárselo cuando lo trajeraisa casa... Verás qué
instrumento tan bonito y qué buenas voces...veinticuatro reales».
Cogiendo el acordeón por las dos tapas, empezó a estirarlo y aencogerlo, haciendo flin flan
repetidas veces. Jacinta se reía y alpropio tiempo se le escaparon dos lágrimas. Entró entonces de
improvisoBarbarita, diciendo: «¿Qué música es esta?... A ver, a ver».
—Nada, querida—declaró el buen señor acusándose francamente—. Que amí también se me
fue el santo al Cielo. No lo quería decir. Cuando tú mesaliste con que lo del nieto era una novela,
flin flan, me dio la ideade tirar esta música a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que
secompró para él, flin flan, que la disfrute... ¿no os parece?
—A ver, dame acá—indicó Barbarita contentísima, ansiosa de tañer elpueril instrumento—.
¡Ah!, calavera, así me gastas el dinero en vicios.Dámelo... lo tocaré yo... flin flan... ¡Ay!, no sé
qué tiene esto...¡da un gusto oírlo! Parece que alegra toda la casa.
Y salió tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: «Bonitojuguete... ¿verdad? Ponte la
mantilla, que ahora mismo vamos allevárselo, flin flan...».
Final, que viene a ser principio
Quien manda, manda. Resolviose la cuestión del Pituso conforme a lodispuesto por don
Baldomero, y la propia Guillermina se lo llenó unamañanita a su asilo, donde quedó instalado.
Iba Jacinta a verle muy amenudo, y su suegra la acompañaba casi siempre. El niño estaban
tanmimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en elasunto,
amonestando severamente a sus amigas y cerrándoles la puerta nopocas veces. En los últimos
días de aquel infausto año, entráronle aJacinta melancolías, y no era para menos, pues el
desairado y risibledesenlace de la novela Pitusiana hubiera abatido al más pintado.Vinieron
luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caíansobre un espíritu ya quebrantado,
resultaban con mayor pesadumbre de laque por sí tenían. Porque Juan, desde que se puso bueno
y tomó calle,dejó de estar tan expansivo, sobón y dengoso como en los días delencierro, y se
acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianzaimitaba el lenguaje de la inocencia. El

