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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

Algunos días iba a comer allí, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba unpoco de sopa, y en lo
demás no hacía más que picar. D. Baldomero solíaenfadarse y le decía: «Hija de mi alma,
cuando quieras hacer penitenciano vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que más te
gusta. Nome vengas a mí con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te oí decir muchasveces en
casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora lastienes aquí y no las pruebas. ¡Que no
tienes gana!... Para esto siemprehay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que
perdemoslas amistades...».
Barbarita, que conocía bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,dejándola comer
lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba enla mesa el gordo Arnaiz, se permitía
algunas cuchufletas de buen génerosobre aquellos antiquísimos estilos de santidad, consistentes
en nocomer. «Lo que entra por la boca no daña al alma. Lo ha dicho SanFrancisco de Sales nada
menos». La de Pacheco, que tenía buenasdespachaderas, no se quedaba callada, y respondía con
donaire a todaslas bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban
loscomensales, unos a tomar café al despacho y a jugar al tresillo, otros aformar grupos más o
menos animados y chismosos, y Guillermina a susillita baja y al teje maneje de las agujas.
Jacinta se le ponía al ladoy tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpáticas a
sucorazón. Guillermina hacía camisolas, calzones y chambritas para susciento y pico de hijos de
ambos sexos.
Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, queestá casado con una de
las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometidoescribir la biografía de su excelsa pariente cuando se
muera, yentretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni enrectificar a ciencia
cierta las versiones que el criterio vulgar hahecho correr sobre las causas que determinaron en
Guillermina, haceveinticinco años, la pasión de la beneficencia. Alguien ha dicho queamores
desgraciados la empujaron a la devoción primero, a la caridadpropagandista y militante después.
Mas Zalamero asegura que esta opiniónes tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y
aun un poquillopresumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamentenada de
ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en sucorazón. Lo que la familia admite es
que la muerte de su madre laimpresionó tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro,
noservir a más señores que se le pudieran morir. No nació aquella sinigual mujer para la vida
contemplativa. Era un temperamento soñador,activo y emprendedor; un espíritu con ideas
propias y con iniciativasvaroniles. No se le hacía cuesta arriba la disciplina en el
terrenoespiritual; pero en el material sí, por lo cual no pensó nunca enafiliarse a ninguna de las
órdenes religiosas más o menos severas quehay en el orbe católico. No se reconocía con bastante
paciencia paraencerrarse y estar todo el santo día bostezando el gori gori, ni paraser soldado en
los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. Lallama vivísima que en su pecho ardía no
le inspiraba la sumisión pasiva,sino actividades iniciadoras que debían desarrollarse en la
libertad.Tenía un carácter inflexible y un tesoro de dotes de mando y defacultades de
organización que ya quisieran para sí algunos de loshombres que dirigen los destinos del mundo.
Era mujer que cuando seproponía algo iba a su fin derecha como una bala, con
perseveranciagrandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible yserena. Si en
este camino recto encontraba espinas, las pisaba yadelante, con los pies ensangrentados.
Empezó por unirse a unas cuantas señoras nobles amigas suyas que habíanestablecido
asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempoGuillermina sobrepujó a sus
compañeras. Estas lo hacían por vanidad, aveces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente
energía, y en esto sele fue la mitad de su legítima. A los dos años de vivir así, se la viorenunciar
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