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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

mazapán deToledo, ya apreciando por el olor la superioridad del té o de lasespecias, la dama se
tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, queera un Samaniego, y... adiós mi dinero. A
cada instante decía Barbaritaque no más, y tras de la colección de purés para sopas, iban las
perlasdel Nizán, el gluten de la estrella, las salsas inglesas, el caldode carne de tortuga de mar,
la docena de botellas de Saint-Emilion,que tanto le gustaba a Juanito, el bote de champignons
extra, queagradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otrasmenudencias. Del
portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, salíael importe, y como hubiera un pico en la
suma, tomábase la libertad desuprimirlo por pronto pago.
—Ea, chicos, que lo mandéis todo al momento a casa—decía condespotismo Estupiñá al
despedirse, señalando las compras.
—Vaya, quedaos con Dios—decía doña Barbarita, levantándose de la sillaa punto que
aparecía el principal por la puerta de la trastienda, ysaludaba con mil afectos a su parroquiana,
quitándose la gorra de seda.
—Vamos pasando hijo... ¡Ay, que ladronicio el de esta casa!... Novuelvo a entrar más aquí...
Abur, abur.
Hasta mañana, señora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.Baldomero... Plácido, Dios le
guarde.
—Maestro... que haya salud. Ciertos artículos se compraban siempre alpor mayor, y si era
posible de primera mano. Barbarita tenía en lamédula de los huesos la fibra de comerciante, y se
pirraba por sacar elgénero arreglado. Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedadoestos
intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá elGrande! ¡Lo que aquel santo
hombre andaba para encontrar huevos frescosen gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava
le traían enpalmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: «o tenemosformalidad o no
tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después sediscutirá... calma, hombre, calma». Y
allí era el mirar huevo por huevoal trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su
probableantigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podíaencomendarse a Dios,
porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándolecon el teniente alcalde, con la inspección
municipal y hasta con lahorca.
Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, quevan a hacer sus
compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía deacuerdo con un medidor para que le
tomase una partida de tantos ocuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero
yaconocido. Ello había de ser género de confianza, talmente moro. Elchocolate era una de las
cosas en que más actividad y celo desplegabaPlácido, porque en cuanto Barbarita le daba
órdenes ya no vivía elhombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa
deGallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, ala casa del que hacía las
tareas. Los de Santa Cruz no transigían conlos chocolates industriales, y el que tomaban había de
ser hecho abrazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía enmosca, quiero decir
que estaba todo el día dando vueltas alrededor de latarea para ver si se hacía a toda conciencia,
porque en estas cosashay que andar con mucho ojo.
Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sincomprar no los hubo
nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entrabanunca en su casa sin el par de guantes, el
imperdible, los polvos paralimpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de
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