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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

Tomando una actitud galante, añadió: «Porque yo me intereso vivamentepor usted en todas las
circunstancias, en todas absolutamente. Soy elmismo Segismundo de siempre y cuando usted
necesite de un amigo leal ycallado, acuérdese de mí...».
Y elevando el tono casi hasta lo patético, saltó de repente con esto:«No me vuelvo atrás de
nada de lo que he dicho a usted en otrasocasiones». Como ella aparentase no interesarse en este
giro de laconversación, volvió Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera.«Me voy a
permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le diréque venga a ver a usted... Es
persona de confianza, y ya sabe él que notiene que decir nada al amigo Rubín».
Lo que tenía a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el interésque mostraba hacia ella,
según le dijo el regente, la viuda de Jáuregui.
«Yo no sé lo que es, amiga mía; pero la ministra, de unos días a estaparte me ha preguntado
como unas seis veces si la había visto a usted...'Yo no voy—me dijo—; pero hay que mirar algo
por ella, y noabandonarla como a un perro'. Por esto me decidí a venir, y ahora mealegro, porque
veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendobuenos amigos. Quedamos en que
vendrá Quevedo. Sí; preparémonos, porqueestas cosas unas veces se presentan bien y otras mal.
No le faltará austed nada. ¡Qué caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... ¡Oh!,¡qué cabeza
ésta! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? (metiéndose la manoen el bolsillo). La ministra me ha
dado para usted este paquetito dedinero. Por fuera está escrita la cantidad: mil doscientos
cincuenta ydos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por réditos dealgún dinero. Para
concluir: siempre que se le ofrezca a usted algunacosa, sea del orden que fuese, piensa usted un
rato, y dice: '¿A quiénacudiré yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme
unrecadito... Aunque yo cuidaré de venir algún domingo o los ratos quetenga libres, porque
ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo demuy poquito tiempo. Si pudiera, vendría mañana
y tarde todos los días,contando con su permiso. Pero en este pícaro mundo, se llega hasta
dondese puede, y el que, impulsado por el querer, va más allá del poder, caey se estrella».
Repitió sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresión deque no estaba tan sola
como creía, y de que el tal Segismundo era, enmedio de sus tonterías y extravagancias, un
corazón generoso y leal.Mucho le extrañaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a
verla,y sintió que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar aeste por las
Samaniegas. Pero ya se lo preguntaría cuando volviese.
Con el cambio de vida y domicilio, reanudó la señora de Rubín algunasrelaciones de familia
que estaban absolutamente quebrantadas, siendo denotar entre ellas la de José Izquierdo, que,
empezando por ir a cenarcon su hermana y sobrina algunas noches, acabó, conforme a su
genialparasitario, por estar allí todo el tiempo que tenía libre. Fortunataencontró a su tío
transfigurado moralmente, con un reposo espiritual quenunca viera en él, suelto de palabra,
curado de su loca ambición y deaquel negro pesimismo que le hacía renegar de su suerte a cada
instante.El bueno de Platón, encontrando al fin el descanso de su vidavagabunda, se había
sentado en una piedra del camino, a la sombra defrondoso árbol cargado de fruto (valga la
figura) sin que nadie ledisputase el hartarse de ella. No existía por aquel entonces en Madridun
modelo mejor, y los pintores se lo disputaban. Veíase Izquierdoacosado, requerido; recibía
esquelas y recados a toda hora, y ledesconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con
ellos alarte. Ni había oficio en el mundo que más le cuadrase, porque aquello noera trabajar ¡qué
demonio!, era retratarse, y el que trabajaba era elpintor, poniendo en él sus cinco sentidos y
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