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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada.Observándola, Ballester se
decía: «¡Cuando yo digo que me debía querer amí en vez de consumir su vida por ese botarate!
¡Qué mujeres estas! Soncomo los burros, que cuando se empeñan en andar por el borde
delprecipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino».
Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle:«Allá va la nave. Siempre
tan puntual a la citita. Doña Lupe furiosa, elpobre Rubín ido, y esta paloma volando al tejado del
vecino. ¡Qué lejosestá ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me costó;pero me
salí con la mía. Y no es que me proponga delatarla... cosaimpropia de un caballero como yo.
Hágolo para mi gobierno. Yo soy así;me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa...
De seguro queal volver del tortoleo entra por aquí... ¡Ah!, qué memoria la tuya,Segismundo; ya
no te acordabas de que para hoy le prometiste tenerhechas las píldoras de hatchisschina, que le
quieren dar al pobreMaxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espíritus
tanentenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegría más expansiva y la másplacentera ilusión de
vida (sacando de un armario el frasco delextracto indiano), iluminen el cacumen de mi infeliz
amigo, a la acciónde este precioso excitante».
Dos o tres horas después de esto, Fortunata entraba en la botica. Elfarmacéutico observó
pintada en su semblante la consternación. Sin dudatenía una pena grande, grande, horrible, de
esas que no puedenexpresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando elpecho.
«Amiga mía—le dijo Ballester—, no tema usted que la mortifiquecon consuelos vulgares. Usted
padece hoy, y no es cosa de poco más omenos, sino alguna tribulación muy gorda lo que usted
tiene dentro. No,ni me lo niegue. Su cara de usted es para mí un libro, el más hermoso delos
libros. Leo en él todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Nipretendo que me confíe sus
penitas, hasta que no se convenza de que elmédico llamado a curárselas soy yo».
—Vaya Ballester—dijo Fortunata con malísimo humor—. No estoy ahorapara bromas.
—Lo creo... Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretandocon una soga...
—¡Ay!, sí...—exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco paraecharse a llorar.
—Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo.
—Sí, sí... pero déjese de tonterías y no se meta en lo que no leimporta. Está usted hoy muy
agudo.
Siempre lo fue don García. Para otras personas tendrá ustedsecretos, para mí no. Sé de
dónde viene usted. Sé la calle, número de lacasa y piso... Y si me apura, sé lo que ha ocurrido.
Desazón; que si tú,que si yo; que no me quieres, que sí, que tira, que afloja, que vira,que vuelta;
que me engañas, que no, que tú más, y hemos concluido, yadiós, y allá va la lagrimita.
La señora de Rubín dejó caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzónen el lago negro de
su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirlenada, respetando aquel dolor que por lo muy
verdadero no podíadisimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en sí, se levantó dela silla,
y le dijo:
—Esas píldoras, ¿las ha hecho usted?
—Aquí están (entregándole la cajita). Y a propósito, a usted no levendrá mal tomarse una.
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