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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—Ya está aquí. Retírate, que tú también has de dormir. Pobrecilla, nosé cómo resistes... ¡Vaya
un trabajo que te tomas!...
Iba a decir «¿y todo para qué?» pero se contuvo. Nunca le había sido tangrata la persona de su
tía como aquella noche, y se sintió atraído haciaella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa,
y a poco, Morenoordenó a su criado que se retirara. «Me acostaré dentro de unratito—dijo el
caballero—; pues aunque creo que he de dormir, todavíano tengo ni pizca de sueño. Me sentaré
aquí y revisaré la lista deregalos, a ver si se me queda alguno. ¡Ah!, conviene no olvidar
lasmantas. La hermana de Morris se enfadará si no le llevo algo de muchocarácter...». La idea de
las mantas llevó a su mente, porencadenamiento, el recuerdo de algo que había visto aquella
tarde. Al ira la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artículo,tropezó con una
ciega que pedía limosna. Era una muchacha, acompañadapor un viejo guitarrista, y cantaba jotas
con tal gracia y maestría, queMoreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era
horriblementefea, andrajosa, fétida, y al cantar parecía que se le salían del cascolos ojos cuajados
y reventones, como los de un pez muerto. Tenía la carallena de cicatrices de viruelas. Sólo dos
cosas bonitas había en ella:los dientes, que eran blanquísimos, y la voz pujante, argentina,
convibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma depunzadora nostalgia. «Esto
sí que tiene carácter» pensaba Morenooyéndola, y durante un rato tuviéronle encantado las
cadenciasgraciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades delteatro. La letra
era tan poética como la música.
Moreno había echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero lepareció mucho, y sacó
dos peniques (digo, dos piezas del perro), y sefue.
Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, sufealdad y su canto
bonito, que creía estarla viendo y oyendo. La popularmúsica revivió en su cerebro de tal modo,
que la ilusión mejoraba larealidad. Y la jota esparcía por todo su ser tristeza infinita, pero queal
propio tiempo era tristeza consoladora, bálsamo que se extendíasuavemente untado por una
mano celestial. «Debí darle la peseta» pensó,y esta idea le produjo un remordimiento indecible.
Era tan grande sususceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que recibía
eranintensísimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvían lomás hondo de sus
entrañas. Sintió como deseos de llorar... Aquellamúsica vibraba en su alma, como si esta se
compusiera totalmente decuerdas armoniosas. Después alzó la cabeza y se dijo: «¿Pero
estoydormido o despierto? De veras que debí darle la peseta... ¡Pobrecilla!Si mañana tuviera
tiempo, la buscaría para dársela».
El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Después Moreno advirtió elprofundísimo silencio que
le envolvía, y la idea de la soledad sucedióen su mente a las impresiones musicales. Figurábase
que no existía nadiea su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madriddesierto. Miró
un rato la luz, y bebiéndola con los ojos, otras ideas leasaltaron. Eran las ideas principales, como
si dijéramos las ideasinquilinas, palomas que regresaban al palomar después de pasearse unpoco
por los aires. «Ella se lo pierde...—se dijo con cierta convicciónenfática—. Y en el desdén se
lleva la penitencia, porque no tendránunca el consuelo que desea... Yo me consolaré con mi
soledad, que es elmejor de los amigos. ¿Y quién me asegura que el año que viene, cuandovuelva,
no la encontraré en otra disposición? Vamos a ver... ¿por qué nohabía de ser así? Se habrá
convencido de que amar a un marido como elque tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios,
aquel buen Señor queestá acostado en la urna de cristal, con su sábana de holanda finísima,aquel
mismo Dios, amigo de Estupiñá, le ha de aconsejar que me quiera.¡Oh!, sí, el año que viene
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