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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojosy con sus ojos su espíritu. Tomaba
extrañas e increíbles posturas. Aveces las piernas en cruz subían por un tablero próximo hasta
mucho másarriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se metía dentrode la estantería
baja por entre dos garrafas de drogas. En los doblecesdel cuerpo, las rodillas juntábanse a ratos
con el pecho, y una de lasmanos servía de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre
elcodo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de lasilla, como si esta fuera
una muleta, ya en fin, las piernas seextendían sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla,
sustentada enlas patas de atrás, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones dedeshacerse;
y en tanto el libro cambiaba de disposición con aquellosextravagantes escorzos del cuerpo del
lector. Tan pronto aparecía porarriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos,
más abajode donde estaban las rodillas; ya se le veía abierto con las hojas alviento como si
quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo dedesencuadernarse. Lo que nunca variaba ni
disminuía era la atención dellector, siempre intensa y fija al través de todos los sacudimientos
dela materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.
Ballester iba y venía, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientesestribillos de zarzuelas
populares. Era un hombre simpático, no muylimpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa,
personalidad negligente,terminada por arriba en una caballera de matorral, que debía de
tenermuy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadaspantuflas de pana, que
iba arrastrando por los ladrillos de la reboticay laboratorio.
«Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despachemenudencias—dijo,
parándose ante Rubín—. Mire, allí está esa mujeresperando hace un cuarto de hora... Diez
céntimos de diaquilón. Enaquella gaveta está. Vamos, menéese».
Rubín salía a la tienda y despachaba.
«¿En dónde están los frascos de Emulsión Scott?».
—Mírelos, mírelos; si los tiene casi en la mano. Dígole que es precisocuidar esa cabeza...
¡Otra vez a leer! Bueno; usted se acordará de mí...leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo
parta un rayo... Tararí,tararí...
Seguía cantando y el otro ¡plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.
«¿Y qué lee?... vamos a ver—dijo Ballester mirando el libro—. Lapluralidad de mundos
habitados... Bueno va... ¡Cualquier día me iba yoa ocupar de si había personas en Júpiter!
Cuando digo que usted, amigoRubín, va a acabar mal. Aquí para entre los dos: ¿a usted qué le va
niqué le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? ¿Le van adar a usted algo por el
descubrimiento? Tararí... tararí. Yo doy debarato—añadió luego, poniéndose a machacar en el
mortero—, yo doy debarato que haya familia en las estrellas; es más, declaro que la hay.Bueno,
¿y qué? La consecuencia es que estarían tan jorobados comonosotros».
Rubín no contestaba. A cierta hora, dejó el libro, metiéndolo en unrincón de la anaquelería,
que apestaba a fénico, entre dos potes deeste líquido; después se restregaba los ojos y estiraba los
brazos y elcuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo queactivaba la
circulación de su poca sangre. Cogía el hongo que de unapercha colgaba, y a la calle. Poco tenía
que andar por ella para ir a sucasa. Entró en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su tía
ledijo que Fortunata no había venido aún y que le esperarían para comer.Maxi ocupó su sitio en
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