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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—Y al otro, y al otro... Pero no muerdas...
Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la ideade que los días venideros
desmintieran aquel en que estaba.
—Porque ahora no serás tan malito como antes. ¿Verdad, pillín mío?...¿No serás, no, verdad,
rico mío?
—Que no, que no... Vas a ver... Tú te convencerás...
—Júramelo... ¡Ah!, ¡qué tonta!, ¡como si los juramentos valieran! Enfin, que ahora tomaré
mis precauciones... Si mi idea se cumple...
—¿Y cuál es tu idea?, ¿qué idea es esa?
—No te lo quiero decir... Es una idea mía: si te la dijera, teparecería una barbaridad. No lo
entenderías... ¿Pero qué te crees tú,que yo no tengo también mi talento?
—Lo que tú tienes, nena negra, es toda la sal de Dios (besándola conromanticismo).
—Pues eso... junto con la sal está la idea... Si mi idea se cumple...No te quiero decir más.
—Mañana me lo dirás.
—No, mañana tampoco... El año que viene.
Ya llegó el instante fiero...
Silvia de la despedida. Déjame aquí. Adiós, hijo de mi vida.Acuérdate de mí. ¡Que no
fueran los minutos horas! Adiós... me muero porti.
—Que no faltes. Y no te olvides del número.
—¿Qué me he de olvidar, hombre? Primero me olvidaré de mi nombre.
—A la una en punto. Adiós, negra salada.
—Hasta mañana.—Hasta mañana.
Madrid.—Diciembre de 1886.
FIN DE LA PARTE TERCERA
Fortunata y Jacinta: (dos historias de
casadas)
 
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