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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—¡Qué pregunta!... Bien lo sabes tú, y por eso abusas. Yo soy muy tontacontigo; pero no lo
puedo remediar. Aunque me pegaras, te querríasiempre. ¡Qué burrada! Pero Dios me ha hecho
así, ¿qué culpa tengo?
Tanta ingenuidad, ya conocida del incrédulo Delfín, era una de las cosasque más le
encantaban en ella. Tiempo hacía que él notaba ciertasequedad en su alma, y ansiaba sumergirla
en la frescura de aquel afectoprimitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo
rudo.
—¿Me engañarás otra vez, farsantuelo? (clavándole a su vez los dedos enla rodilla).
—No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momentopresente, sin pensar en lo
que se hará o no se hará después. Eso dependede las circunstancias.
—¡Ah!, esas señoras circunstancias son las que me cargan a mí. Y yodigo: «¿Pero, Señor,
para qué hay en el mundo circunstancias?». No debehaber más que quererse y a vivir.
—Tienes razón (abrazándola con nervioso frenesí y dándole la mar debesos). Quererse y a
vivir. Eres el corazón más grande que existe.
Fortunata se acordó otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazóngrande era un mal y
había que recortarlo.
—Reconozco—prosiguió el Delfín—, que vales mucho más que yo, comocorazón; pero
mucho más. Soy al lado tuyo muy poca cosa, nena negra.No sé qué tienes en esos condenados
ojos. Te andan dentro de ellos todaslas auroras de la gloria celestial y todas las llamas del
Infierno...Quiéreme, aunque no me lo merezco.
—¡Me muero por ti! (tirándole suavemente de las barbas). Si no mequieres, te irás al
Infierno... para que lo sepas; te irás conmigo... tellevaré yo, arrastrándote por estas barbas.
Risas. «¡Qué feliz soy, pero qué feliz soy hoy, Dios mío!—exclamó lajoven, con semblante y
ojos iluminados—. No me cambiaría por todos losángeles y serafines que están brincando
delante de su Divina Majestad enel Cielo; no me cambiaría, no me cambiaría».
—Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegría. Estaba triste, ydecía: «A mí me falta
algo; ¿pero qué es lo que me falta a mí?».
—Yo también estaba triste. Pero el corazón me está diciendo hacetiempo: «Tú volverás, tú
volverás...». Y si una no volviera, ¿para quées vivir? Vivir para que llegue un día así; lo demás
es estarse muriendosiempre.
—Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaución, chica. Nohagamos tonterías.
Volviendo a acordarse de Feijoo, repitió ella: «Lo principal es no hacertonterías».
—Quedamos en que...—Mañana, a la hora que te venga mejor.
—Cochero, vuelva usted.—Déjame a la entrada de la calle de Valencia.
—Donde tú quieras.—Y pasado mañana también—dijo tras una pausa y conansiedad la
insensata mujer.
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