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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresión, eran delo poco que se ve. Después se echó a
perder, y se le puso la cara dura yhombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de
Bonaparte, yefectivamente...
Guillermina miró las láminas napoleónicas, y Fortunata también,reconociendo el parecido.
Después la santa se despidió de Severiana,diciéndole que volvería al día siguiente. Le
recomendó la paciencia, ytomando el brazo de la de Rubín, se fue con ella. Severiana y
lacomandanta las escoltaron hasta el portal.
«Tenemos mucho que hablar—le dijo Guillermina en la calle—; peromucho. Lo de hoy no ha
sido más que desflorar el asunto. Me ha sabido anada. Y usted, ¿tendrá un poco más de paciencia
para aguantarme? Porquesi no ha quedado harta de mí, le he de rogar que me dé otra
audiencia.¿Será usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?».
—Todos los que usted quiera—replicó la señora de Rubín, encantada conla indulgencia y
cortesía de la ilustre dama.
—Bueno; ya fijaremos cuándo y cómo. ¿Va usted hacia su casa? Puesiremos juntas, porque yo
tengo que ir a la calle de Zurita a echarle unréspice a mi herrero, y no hará usted nada demás si
me acompaña un poco.Pronto despacho, y la dejaré a usted en la puerta de su casa.
Aceptada con sumo agrado la proposición, anduvieron juntas el torcido ydesigual camino que
separa la vertiente de la Arganzuela del barranco deLavapiés. Hablaban de cosas que nada tenían
de espirituales, de lo caroque se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, ¡quién lo había
dedecir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez yseis, y de las casas no
dijéramos; un cuarto que antes costaba ochoreales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por
fin a la calle deZurita y se metieron en una herrería, grande, negra, el piso cubierto decarbón,
toda llena de humo y de ruido. El dueño del establecimientoavanzó a recibir a la señora, con su
mandil de cuero ennegrecido, lacara sudorosa y tiznada, y quitándose la porra, le dio sus excusas
porno haber entregado los clavos bellotes.
«¿Pero y los gatillos, que es lo que hace más falta?—dijo la damaamoscándose—. Hombre de
Dios, usted se va a condenar por tantosembustes como dice. ¿No me prometió que estarían por
ayer? ¿Qué palabrasson esas? Vaya, que ni Job tendría paciencia para aguantarle a usted.Están
parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra.No me extraña que esté usted
tan gordo, Sr. Pepe... Y póngase la gorra,que está sudando y se puede constipar».
El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento dedar los gatillos para el
jueves, sí, para el jueves, con todaseguridad... Había tenido un encargo con muchas prisas... pero
enseguida se pondría con los gatillos de la señora, y los tendría, lostendría por encima de la
cabeza de Cristo para el día señalado. Volvióla fundadora a sermonearle, pues no se contentaba
con promesas, y sedespidió diciendo que si no estaban el jueves, se podía quedar conellos. Salió
el Sr. Pepe, haciendo cortesías, hasta media calle, y lasdos señoras subieron despacio hacia la del
Ave-María.
«Bueno—dijo Guillermina—; antes de separarnos, quedaremos en algo.¿Quiere usted ir a mi
casa? ¿Sabe usted dónde vivo?».
Fortunata dijo que sí. Santa Cruz le había dicho varias veces que larata eclesiástica vivía en la
casa inmediata a la suya, y que ella yBarbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el
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