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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

guisantes), o cuando ponía los garbanzos de remojo. Lacostumbre obraba estos prodigios, y lo
mismo era ver la señora losgarbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro
denúmeros y veía claro en sus negocios, si le convenía o no tal préstamo,si debía quedarse o no
con tal o cual alhaja. Al levantarse, por lamañana temprano, preveía todos los sucesos y acciones
del día queempezaba, y se preparaba para ellos con una evocación mental de suenergía, y con la
distribución metódica de las horas para todo loprevisto y probable. Era esto como si se diera
cuerda, acumulando ensí la fuerza inteligente que necesitaba.
Todas estas rutinas del pensamiento y de la acción fueron perturbadaspor la mudanza de casa,
que se efectuó en Diciembre del 74, y no hay quedecir cuán gran sacrificio fue para doña Lupe
este cambio. Era de esaspersonas que aborrecen lo desconocido y que se encariñan con el
rincónen que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendioo demolición; pero
no había más remedio que dar el salto del Norte alSur de Madrid, pues teniendo Maximiliano
que pasar la mayor parte deltiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad
hacerlerecorrer dos veces al día los tres cuartos de legua que separan elbarrio de Chamberí del de
Lavapiés. Cargó, pues, la señora de Jáureguicon sus penates, y se instaló en un segundo de la
calle del Ave-María.Habríale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no había
allíningún cuarto con papeles. Eligió un segundo de la finca inmediata, ysus balcones caían al
lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda deSamaniego. Los primeros días extrañaba la casa,
teniéndola por peor quela otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, más
espaciosay bella, y en cuanto a los barrios, lo que la señora había perdido entranquilidad
ganábalo en animación. Poco a poco se fue adaptando a sunuevo domicilio, y cuando la
sorprende de nuevo nuestro relato, sentadajunto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro
de la media, enuna fecha que debe caer allá por Marzo del 75, ya no se acordaba de lavivienda
de Chamberí en que la conocimos.
La meditación y el zurcido no le impedían mirar de vez en cuando a lacalle, y la del Ave-
María es mucho más pasajera que la de RaimundoLulio. En una de aquellas miradas casi
maquinales que la viuda echabahacia afuera, como para poner solución de continuidad al
temerosoproblema que tenía entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que leretuvo un instante la
atención. Era Guillermina Pacheco. «Parece que lasanta frecuenta ahora estos barrios—murmuró
doña Lupe, alargando lacabeza para observarla por la calle abajo—. Ya la he visto pasar cuatroo
cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no haydistancias... Ahora que recuerdo, me ha
dicho Casta que es parientesuya, y he de preguntarle...».
La fundadora inspiraba a doña Lupe grandes simpatías. De tanto verlapasar por la calle de
Raimundo Lulio, camino del asilo de la deAlburquerque, llegó a imaginar que la trataba.
Siempre que había funciónpública en la capilla del asilo, iba doña Lupe, deseosa de
introducirsey de hacer migas con la santa. Admirábala mucho, no exclusivamente porsus
santidades, sino más bien por aquel desprecio del mundo, por suactividad varonil y la grandeza
de su carácter. Quizás la señora deJáuregui creía sentir también en su alma algo de aquella
levaduraautocrática, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poderorganizador, y esta especie de
parentesco espiritual era quizás lo quele infundía mayores ganas de tratarla íntimamente. Sólo le
había habladouna o dos veces en las funciones del asilo, así como por entrometimientoy
oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veíala rodeada de damas de lagrandeza y de señoronas
ricas, que tenían el coche a la puerta, doñaLupe habría dado el único pecho que poseía por meter
las narices entreaquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porqueella tenía
la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer delas tales señoras en punto a buena
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