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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

casa de muñecas, ¡anda!, yJacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de
Juanpara que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,hubo unos dramas que
acabaron en leña por partida doble, es decir, queBarbarita azotaba alternadamente uno y otro par
de nalgas como el quetoca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola alcamello
del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».«Acusón»... Ya tenían ambos la
edad en que un misterioso respeto lesprohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño
fraternal. Jacintaiba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa deBarbarita, y esta no
tenía inconveniente en dejar solos largos ratos asu hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí
tenía el desarrollomoral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuabanen la
edad del pavo, muy lejos de sospechar que su destino lesaproximaría cuando menos lo pensasen.
El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía aljoven Santa Cruz cosa fácil.
Él, que tan atrevido era lejos del hogarpaterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada
en supropia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,se convirtieran en
tálamo. Mas para todo hay remedio menos para lamuerte, y Juanito vio con asombro, a poco de
intentar la metamorfosis,que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a élle
parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de lafraternidad al
enamoramiento se hacía como una seda. La primita,haciéndose también la sorprendida en los
primeros momentos y aun lavergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos
paracreer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, elloes que a los cuatro
días de romperse el hielo ya no había que enseñarlesnada de noviazgo. Creeríase que no habían
hecho en su vida otra cosa másque estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente
eranpropicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa concaracolitos, praderas verdes,
setos, callejas llenas de arbustos,helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos
rústicosque al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredasazules, celajes grises,
rayos de sol dorando la arena, velas depescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya
verdoso, terso undía, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con suhumo, un
aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirablefondo poético, favorecían a los
amantes, dándoles a cada momento unejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que
estabancumpliendo.
Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que sellama en lenguaje
corriente una mujer mona. Su tez finísima y sus ojosque despedían alegría y sentimiento
componían un rostro sumamenteagradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando
estabacallada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresiónvariadísima que sabía poner
en él. La estrechez relativa en que vivía lanumerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus
galas; pero sabíatriunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciabaen ella
una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.Luego veremos. Por su talle
delicado y su figura y cara porcelanescas,revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la
Naturaleza concede pocotiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la
primerapena de la vida o la maternidad.
Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendasmorales, los tesoros de su
corazón amante, que pagaba siempre con crecesel cariño que se le tenía, y por todo esto se
enorgullecía de suelección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eranun
defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno quelas hembras sean todas
miel, y conviene que guarden una reserva deenergía para ciertas ocasiones difíciles.
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