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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

convento con corona dehonrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las
azucenasde la purificación religiosa y los azahares de la boda, parecíale alDelfín digna y lucida
hazaña arrancarla de aquella vida. Hízolo así conéxito superior a sus esperanzas, pero su
conquista le imponía laobligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasadocierto
tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad eraél hombre perdido; lo tenía en su
naturaleza y no lo podía remediar.Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y
cuando estabaen república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de sucasa aquella
tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustandomás, mucho más que aquella situación
revolucionaria que habíaimplantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.
«¿Quién duda—seguía pensando—, que es prudente evitar el escándalo? Yono puedo
parecerme a este y el otro y el de más allá, que viven en laanarquía, señalados de todo el mundo.
Hay otra razón, y es que se meestá volviendo antipática, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla
noaprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tieneinstintos de seducción,
desconoce las gaterías que embelesan. Nació parahacer la felicidad de un apreciable albañil, y no
ve nada más allá de sunariz bonita. ¿Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas?
¡Buenasestarían!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni esprit. ¡Quédiferente de Sofía la
Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajodel primer viaje a París, era una verdadera
Dubarry españolizada! Paratodas las artes se necesitan facultades de asimilación, y esta
marmotonaque me ha caído a mí es siempre igual a sí misma. Con decir que hacedías le dio por
estar rezando toda la tarde... ¿y para qué?... parapedirle a Dios chiquillos...
¡Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya más, y hoy mismo seacaba esta
irregularidad. ¡Abajo la república!».
Pensando de este modo, había llegado a la casa de su querida, y en elmomento de poner la
mano en el llamador, un hecho extraño cortóbruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que
llamara, se abrió lapuerta, dando paso a un señor mayor, de muy buena presencia, el cualsalió,
saludando a Santa Cruz con una cortés inclinación de cabeza. Lamisma Fortunata le había
abierto la puerta y le despedía.
Juan entró. La salida de aquel señor le produjo en un instante dossentimientos distintos que se
sucedieron con brevedad. El primero fuealgo de enojo, el segundo satisfacción de que el acaso le
proporcionaseun buen apoyo para el rompimiento que deseaba... «Me parece que yoconozco a
este señor tan terne. Le he visto, le he visto en algunaparte—pensaba entrando hacia la sala—.
¡Si tendremos gatuperio...!Estaría bueno. Pero más vale así».
Y en alta voz y de mal modo, preguntó a Fortunata: «¿Quién es eseviejo?».
—Yo creí que le conocías. D. Evaristo Feijoo, coronel o no sé qué demilicia... Es grande
amigo de Juan Pablo.
—¿Y quién es Juan Pablo? ¡Vaya unos conocimientos que me quierescolgar...!
—Mi cuñado.
—¿Y cuándo he conocido yo a tu cuñado, ni qué me importa?... Estamosbien. ¿Y a qué venía
aquí ese señor... Feijoo, dices? Me parece que esamigo de Villalonga.
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