Not a member?     Existing members login below:

Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—Preparando las elecciones, ¿eh?
—¡Oh!, pues si pasamos al terreno político...—indicó Moreno.
—No, no pases—replicó Santa Cruz—. En ese terreno concedo, concedo...
Después hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los delReino son también muy
buenos. Luego tratose de las casas, que Morenocalificó de inhabitables. «Por eso todo el mundo
vive en la calle».
«Pues mire usted—dijo Villalonga—: las casas serán todo lo malas queusted quiera; pero hay
en las del extranjero una costumbre que malditala gracia que tiene. Me refiero a la falta de
maderas en los balcones yventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no
puedeusted pegar los ojos».
—¿Pero usted cree que por allá hay alguien que se esté durmiendo hastael medio día?
Sobre esto se habló mucho, y el forastero sacó a relucir otras cosas.«Yo de mí sé decir que
cuando paso la frontera para acá recibo las mástristes impresiones. Habrá algo que admirar; a mí
se me esconde, y noveo más que la grosería, los malos modos, la pobreza, hombres queparecen
salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que más mechoca es lo desmedrado de la casta.
Rara vez ve usted un hombrachónrobusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza
está malalimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos...Mi país me es
bastante antipático, y desde que me meto en el expressde Irún ya estoy renegando. Por la
mañana, cuando despierto en la Sierray oigo pregonar el botijo e leche, me siento mal; créanlo
ustedes...Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones,las calles mal
adoquinadas, y los caballos de los coches comoesqueletos, no veo la hora de volverme a
marchar».
—¡Hombre, en qué tonterías te fijas!—observó D. Baldomero, continuandola apología de la
patria en términos calurosos que el otro oía conbenevolencia.
Cuando tomaban el café, notaron todos que Moreno se sentía mal; pero éldisimulaba, y
llevándose la mano al corazón, decía otra vez: «Algoaquí... No es nada. Nervioso quizás. Lo que
más me molesta es el ruidode la circulación de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con
elruido del tren, no oigo el mío».
Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pasó, ysiguieron charlando.
Jacinta observaba que alguien le hacía telégrafosdesde la puerta, alzando un poco el cortinón.
Salió: era Guillermina.
«No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra—le dijo consecreteo—. Vengo para
encargarte que le hables. Saca la conversacióncomo puedas, y que se entere bien de la necesidad
en que estamos».
—Moreno ayudará—díjole su amiguita, llevándola a otra pieza parahablar con más libertad.
—No sé... está incomodado conmigo... Esta mañana hemos reñido... Laverdad... me enfadé,
me tuve que enfadar. Figúrate que esta vez vienemás hereje que nunca. Cada uno es dueño de
condenarse; ¿pero a qué vienedecirme a mí cosas contra la religión?
Remove