Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

-I-
Juan Pablo Rubín no podía vivir sin pasarse la mitad de las horas deldía o casi todas ellas en el
café. Amoldada su naturaleza a este génerode vida, habríase tenido por infeliz si el trabajo o las
ocupaciones leobligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidentedel
tiempo, y el único goce de su alma consistía en ver cómo expirabanlas horas dando boqueadas, y
cómo iban cayendo los periodos de fastidiopara no volver a levantarse más. Iba al café al medio
día, después dealmorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volvía después decomer, sobre
las ocho, y no se retiraba hasta más de media noche o hastala madrugada, según los casos. Como
sus amigos no eran tan constantes,pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de
políticareligión o filosofía, contemplando con incierto y soñoliento mirar lasescayolas de la
escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes dehierro y las mediascañas doradas. Aquel
recinto y aquella atmósferaéranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que
sóloallí se sentía en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria lefaltaba fuera del café, y
como a veces se olvidara súbitamente en lacalle de nombres o de hechos importantes, no se
impacientaba porrecordar, y decía muy tranquilo: «En el café me acordaré». En efecto,apenas
tomaba asiento en el diván, la influencia estimulante del localdejábase sentir en su organismo.
Heridos el olfato y la vista, pronto seiban despertando las facultades espirituales, la memoria se
lerefrescaba y el entendimiento se le desentumecía. Proporcionábale elcafé las sensaciones
íntimas que son propias del hogar doméstico, y alentrar le sonreían todos los objetos, como si
fueran suyos. Las personasque allí viera constantemente, los mozos y el encargado,
ciertosparroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a élpor lazos de
familia. Hasta con la jorobadita que vendía en la puertafósforos y periódicos tenía cierto
parentesco espiritual.
Pero aunque Juan Pablo se encariñaba de este modo con el local, habíacambiado de café
bastantes veces en el espacio de cinco años.
Equivalía esto a mudar de vivienda, y como todos los cafés de Madrid separecen, lo mismo
que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en sípropio su domesticidad, y a los dos días de
frecuentar un café, ya seencontraba en él como en familia. Los cambios eran determinados
porciertas corrientes de emigración que hay en la sociedad de los vagos yque no se sabe a qué
obedecen. Unas veces el impulso partía de algunosamigos inconstantes, tocados de la manía de
la variedad; otras laemigración era motivada por una cuestión muy desagradable con aquelseñor
de la mesa próxima. Ya provenía de que el amo del café se portócochinamente cobrando a la
tertulia unas copas, que se habían roto aldiscutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en
Montemuru; ya,por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del género,razón por la
cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos orenovados. Juan Pablo no gustaba
de iniciar ninguna corriente deemigración; pero las seguía casi siempre. En estas corrientes es
fácilque se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas oporque las deudas le
cautivan en el antiguo local y allí le hipotecan laasistencia, pero en cambio siempre se gana
algún tertulio nuevo queviene a refrescar las ideas y las bromas.
Remove