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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

LaCorrespondencia, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimoniofue lo único que
se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tanarreglada, que era como de lance. Y no sólo
tenían ya casa y muebles,sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para
todo yque guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.Bien podía
decirse de ella que era también ganga como los muebles,porque el servicio estaba muy malo en
Madrid, pero muy malo. NombrábasePatricia, pero Torquemada la llamaba Patria, pues era
hombre taneconómico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de lasabreviaturas por
ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.
Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró enel convento, las
papeletas de alhajas y ropas de lujo que estabanempeñadas quedaron en poder del joven, que
hizo propósito de liberaraquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya
podíaanunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nuevacasa, encontraría en
ella las prendas de vestir y de adorno que lainfeliz había arrojado al mar el día de su naufragio.
Por cierto que lasalhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, ydel
abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una piezaespléndida. Esto le llevó
naturalmente a hablar de la herencia. Ya habíacogido su parte, y con un pico que recibió en
metálico había redimidolas prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía
estoque el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contóque entre su hermano
mayor y doña Lupe habían surgido ruidosasdesavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en
pagar las deudas quele devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista.No
bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento depedir prestada una cantidad a
doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijotantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y
desdeentonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir conuna querida. «¡Y viva
la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».
Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.Como que del balcón
del gabinete se alcanzaba a ver un poquito delDepósito de aguas; papeles nuevos, alcoba
estucada, calle tranquila,poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal
ysegundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano:debajo carbonería, a cuatro
pasos carnicería, y en la esquina próximatienda de ultramarinos.
No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de Rubiniusvulgaris. A mediados de
Setiembre se había examinado de la única claseque le faltaba para aprobar el último año, y lo
más pronto que le fueraposible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en labotica
de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría,la viuda tendría que confiar a
dos licenciados la explotación de lafarmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el
tiempo llegaría aser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo ibabien y el
porvenir les sonreía.
Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando lossentimientos de paz, orden y
regularidad doméstica que habían nacido enella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia
voluntad ladirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.
Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgaciónlarga, repaso general de
conciencia desde los tiempos más remotos. Lapreparación fue como la de un examen de grado, y
el capellán tomo aquelcaso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podíallegar
con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas degancho. Era perro viejo en aquel
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