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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que sevaya a los quintos infiernos, que es donde debe
estar».
«Ahora mismo. D. León, no la maltrate usted» dijo la Superiora.
—¡Zángano!... ¡mala puñalada te mate!...—bramaba Mauricia, que yatenía pocas fuerzas y
había caído al suelo—. ¡Un sacerdote pegando auna... señora!
—Que le traigan su ropa—gritó Sor Natividad—. Pronto, pronto. Meparece mentira que la
veré salir...
Mauricia ya no se defendía. Había perdido su salvaje fuerza; pero susemblante expresaba aún
ferocidad y desorden mental.
Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luegoun mantón...
—Bajarlo, hijas, bajarlo—dijo desde el patio la Superiora, mirandohacia arriba y ya recobrada
la serenidad con que daba siempre susórdenes. Fortunata bajó un lío de ropa, y recogiendo las
botas, se lodio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escenadescrita había
impresionado desagradablemente a la joven, que sintióprofunda compasión de su amiga. Si las
monjas se lo hubieran permitido,quizás ella habría aplacado a la bestia.
«Toma tu ropa, tus botas—le dijo en voz baja y en tono apacible—.Pero, hija, ¡cómo te has
puesto!... ¿No conoces ya que has estadotrastornada?».
—Quítate de ahí, pendoncillo... quítate o te...
—Dejarla, dejarla—dijo la Superiora—. No decirle una palabra más. Ala calle, y hemos
concluido.
Con gran dificultad se levantó Mauricia del suelo y recogió su ropa. Alponerse en pie pareció
recobrar parte de su furor.
«Que se te queda este lío».
—Las botas, las botas. La tarasca lo recogió todo. Ya salía sin decirnada, cuando Guillermina
la miró severamente.
«¡Pero qué mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia».
Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.
—Póngase usted las botas—le gritó la Superiora.
—No me da la gana. Abur... ¡Son todas unas judías pasteleras...!
—Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia—dijo SorNatividad a sus
compañeras, tapándose los oídos.
Se le franquearon todas las puertas, abriéndolas de par en par yresguardándose tras las hojas
de ellas, como se abren las puertas deltoril para que salga la fiera a la plaza. La última que
cambió algunaspalabras con ella fue Fortunata, que la siguió hasta el vestíbulo movidade lástima
y amistad, y aún quiso arrancarle alguna declaración dearrepentimiento. Pero la otra estaba ciega
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