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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

que Madrid apenas tenía elementos de defensa contra estainvasión, porque las iglesias de esta
villa, además de muy sucias, sonverdaderos adefesios como arte. Así es que no podemos alzar
mucho elgallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los cancelesllenos de mugre,
las capillas cubiertas de horribles escayolasempolvadas y todo lo demás que constituye la
vulgaridad indecorosa delos templos madrileños, no tiene que echar nada en cara a lascursilerías
de esta novísima monumentalidad, también armada en yesosdeleznables y con derroche de oro y
pinturas al temple, pero que almenos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que
andamucho la santidad de la escoba, del agua y el jabón.
El caserón que llamamos Las Micaelas estaba situado más arriba del deGuillermina, allá
donde las rarificaciones de la población aumentan entérminos de que es mucho más extenso el
suelo baldío que el edificado.Por algunos huecos del caserío se ven horizontes esteparios y
luminosos,tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas defábricas como
palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno malsembrado para pasto de las burras de
leche y de las cabras. Las casasson bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor
conhabitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianería. Eledificio de las Micaelas
había sido una casa particular, a la que seagregó un ala interior costeando dos lados de la huerta
en forma demedio claustro, y a la sazón se le estaba añadiendo por el lado opuestola iglesia, que
era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revocomodelado a lo mudéjar y cabos de cantería de
Novelda labrada en ojivalconstructivo. Como la iglesia estaba aún a medio hacer, el culto
secelebraba en la capilla provisional, que era una gran crujía baja, a laizquierda de la puerta.
En el arreglo de esta crujía para convertirla en templo interino,manifestábase el buen deseo, la
pulcritud y la inocencia artística delas excelentes señoras que componían la comunidad. Las
paredes estabanestucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un género dedecoración
barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En elfondo estaba el altar, que era, ya se
sabe, blanco y oro, de un estilotan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines.
Aderecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamaño, los dosSagrados Corazones, y sobre
ellos se abrían dos ventanas enjutísimas,terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios
blancos, rojos yazules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las
casasmodernas.
Cerca de la puerta había una reja de madera que separaba el público delas monjas los días en
que el público entraba, que eran los jueves ydomingos. De la reja para adentro, el piso estaba
cubierto de hule, y alos costados de lo que bien podremos llamar nave había dos filas desillas
reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muygrandes: la una conducía a la sacristía,
la otra a la habitación quehacía de coro. De allí venían los flauteados de un harmonium
tañidocandorosamente en los acordes de la tónica y la dominante, y con lasmodulaciones más
elementales; de allí venían también los exaltadosacentos de las dos o tres monjas cantoras. La
música era digna de laarquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a canción de las que
sereparten como regalo a las suscritoras en los periódicos de modas. Enesto ha venido a parar el
grandioso canto eclesiástico, por el abandonode los que mandan en estas cosas y la latitud con
que se vienenpermitiendo novedades en el severo culto católico.
La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos días después de la Pascuade Resurrección.
Aquel día, desde que despertó, se le puso a Maxi laobstrucción en la boca del estómago, pero tan
fuerte como si tuvieraentre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante sentía enlos
días de exámenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata parecíacontenta, y deseaba que la hora
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