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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

aquella crisis de su alma erademasiado alta y no podía inspirarle verdadero interés por ningún
culto;pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no podíaremontarse más arriba
del punto a donde alcanzan las torres de lasiglesias católicas. Él sí; él iba lejos, muy lejos,
llevado delsentimiento más que de la reflexión, y aunque no tenía base de estudiosen qué
apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo eimprimen al mundo físico como al
mundo moral movimiento solemne, regulary matemático. «Todo lo que debe pasar, pasa—
decía—, y todo lo que debeser, es». Le había entrado fe ciega en la acción directa de
laProvidencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. LaProvidencia dictaba no sólo
la historia pública sino también la privada.Por debajo de esto ¿qué significaban los símbolos?
Nada. Pero no queríaquitarle a Fortunata su ilusión de las imágenes, del gori gori y delas
pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve...la pobrecilla no tenía su
inteligencia cultivada para comprender ciertascosas, y a fuer de pecadora, convenía conservarla
durante algún tiemposujeta a observación, en aquel orden de ideas relativamente bajo, queviene
a ser algo como sanitarismo moral o policía religiosa.
El entusiasmo que la joven sentía era como los encantos de una moda queempieza. Iban, pues,
los dos amantes, como he dicho, por aquellosaltozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por
veredas trazadas enun campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. ARubín se
le acabó su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba amolestar un pie, a causa de la apretura
de la bota. El calzado estrechoes gran suplicio, y la molestia física corta los vuelos de la
mente.Habían pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron altoen los depósitos
de agua; la samaritana se sentó en un sillar y se quitóla bota. Maximiliano le hizo notar lo bien
que lucía desde allí elapretado caserío de Madrid con tanta cúpula y detrás un horizonteinmenso
que parecía la mar. Después le señaló hacia el lado del Orienteuna mole de ladrillo rojo, parte en
construcción, y le dijo que aquelera el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar.
Pareciéronle aFortunata bonitos el edificio y su situación, expresando el deseo deentrar pronto,
aquel mismo día si era posible. Asaltó entonces elpensamiento de Rubín una idea triste. Bueno
era lo bueno, pero no lodemasiado. Tanta piedad podía llegar a ser una desgracia para él,
porquesi Fortunata se entusiasmaba mucho con la religión y se volvía santa deveras, y no quería
más cuentas con el mundo, sino quedarse allíencerradita adorando la custodia durante todo el
resto de sus días...¡Oh!, esta idea sofocó tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bienpodía
suceder, porque algunas que entraban allí cargadas de pecados secorregían de tal modo y se
daban con tanta gana a la penitencia, que noquerían salir más, y hablarles de casarse era como
hablarles deldemonio... Pero no, Fortunata no sería así; no tenía ella cariz devolverse santa en
toda la extensión de la palabra, como diría doñaLupe. Si lo fuera, Maximiliano se moriría de
pena, se volvería entoncesprotestante, masón, judío, ateo.
No manifestó estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado yotro descalzo,
mirando atentamente las idas y venidas de una procesiónde hormigas. Únicamente le dijo:
«Tiempo tienes de entrar. No convienetampoco que te dé muy fuerte».
Era preciso seguir. Volvió a ponerse la bota y... ¡ay!, ¡qué dolor!, lomalo fue que aquel día,
Viernes Santo, no había coches, y no era posiblevolver a casa de otra manera que a pie.
«Nos hemos alejado mucho—dijo Maximiliano ofreciéndole su brazo—.Apóyate y así no
cojearás tanto... ¿Sabes lo que pareces así, llevada aremolque?... pues una embarazada fuera de
cuenta, que ya no puede dar unpaso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre». No pudo
menosde hacerla reír esta idea, y recordando que la noche anterior,Maximiliano, en las efusiones
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