Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias detiendas, porque cuando
no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar:«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le
recibían conexclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba laconversación. En
1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad enhaber visto toda la historia de España en
el presente siglo. Habíavenido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de
MesoneroRomanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Unasola frase
suya probará su inmenso saber en esa historia viva que seaprende con los ojos: «Vi a José I
como le estoy viendo a usted ahora».Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban:
«¿Vio usted alduque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Sucontestación era
siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hastallegaba a incomodarse cuando se le
interrogaba en tono dubitativo. «¡Quesi vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de
ayer...». Paracompletar su erudición ocular, hablaba del aspecto que presentabaMadrid el 1.º de
Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semanapasada. Había visto morir a Canterac;
ajusticiar a Merino, «nada menosque sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y
Caridad;había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos,hallándose en la
calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 deJulio cuando salió al balcón a decir a los
milicianos que sacudieran alos de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García
arengandodesde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Esparteroabrazándose, a
Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,todo esto en un balcón, y por fin, en un
balcón había visto también enfecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían
acabadolos Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en losbalcones.
La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Eramuy joven cuando
entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirviómuchos años, siempre bien quisto del principal
por su honradezacrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concernienteal
establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buendependiente. Al despachar,
entretenía demasiado a los parroquianos, y sile mandaban con un recado o comisión a la Aduana,
tardaba tanto envolver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso.La
singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran losdueños de la tienda prescindir
de él, se explica por la ciega confianzaque inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de
la caja, yapodían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grandecomo su
humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perreríasquisieran, sin que se incomodase.
Por esto sintió mucho Arnaiz queEstupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó
establecerse conlos dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien,hacía
lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajandopor su cuenta.
Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reinoque estableció en la
Plaza Mayor, junto a la Panadería. No pusodependientes, porque la cortedad del negocio no lo
consentía; pero sutertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquíel
secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y lajustificación de los vaticinios de D.
Bonifacio. Estupiñá tenía un viciohereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las
demásenergías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto másinofensivo parecía.
No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni ellujo; era la conversación. Por un rato de palique
era Estupiñá capaz dedejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como
élpegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes lecortaran la lengua que la
hebra. A su tienda iban los habladores másfrenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más
sabroso de sucharla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se ponea los que
Remove