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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que unquintal de carbón se me va como un soplo? Me
traigo a casa dos arrobasde aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado
laslechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, ycomo si no trajera nada».
En la casa había dos mesas. En la primeracomían el principal y su señora, las niñas, el
dependiente más antiguo yalgún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su
fincade Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientesmenudos y los dos
hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en latienda de blondas de Segundo Cordero. Era un
total de diez y siete odiez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido acualquiera
mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que lasniñas iban creciendo, disminuía para
la madre parte del trabajomaterial; pero este descanso se compensaba con el exceso de
vigilanciapara guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto ainfinitas
asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, yni Cristo Padre podía evitar los
atisbos por el único balcón de la casao por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal.
Empezaban aentrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentesque son juegos
de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estabasiempre con cada ojo como un farol, y no
las perdía de vista un momento.A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de
exhibir yairear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otronombre, marido. Era
forzoso hacer el artículo, y aquella gran mujer,negociante en hijas, no tenía más remedio que
vestirse y concurrir consu género a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía,ponían las
nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era tambiénde rúbrica el paseíto los domingos,
en corporación, las niñas muy bienarregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la
mamá muyestirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, conmanguito que le
daba un calor excesivo a las manos, y su buenacachemira. Sin ser vieja lo parecía.
Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un puntose apartaba de su
puesto en el combate social, echó una mirada debenevolencia sobre el muestrario y después lo
bendijo. La primera chicaque se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la
verdad,no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,dependiente en la
camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase PepeSamaniego y no tenía más fortuna que sus
deseos de trabajar y suhonradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del
comerciomenudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía unprimo pescadero,
otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otroprestamista, y los demás, lo mismo que sus
hermanos, eran todoshorteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión;
maspronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muydelgado en esto de los
maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,porque son siete a colocar. Basta con que el
chico sea formal ytrabajador».
Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito elhéroe de Boteros. Esta
sí que fue buena boda. El novio era RamónVilluendas, hijo mayor del célebre cambiante de la
calle de Toledo; grancasa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentelaofrecía
variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. CayetanoVilluendas estaba casado con Eulalia
hermana del marqués de Casa-Muñoz,y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas
tabernero yotro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado El BuenGusto. El
parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veíamuy claro; pero parientes eran y
muchos de ellos se trataban y setuteaban.
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