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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—No, señora—respondió el acusado, y esta negación, que era afirmación,empezó a darle
ánimos, aligerándole un poco la angustia aquella de laboca del estómago.
—¿Estás seguro de que no es chiquillada? ¡Valiente idea tienes tú delmundo y de las mujeres,
inocente!... Yo no puedo consentir que unapindonga de esas te coja y te engañé para timarte tu
nombre honrado,como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a losniños
atrasaditos que están a medio desarrollar. Hay que recordar quehace cinco años todavía iba yo
por la mañana a abrocharte los calzones,y que tenías miedo de dormir solo en tu cuarto.
Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Sentíacrecer dentro la bravura;
pero le faltaban palabras. ¿Dónde demoniosestaban aquellas condenadas palabras que no se le
ocurrían en trancesemejante? El maldito hábito de la timidez era la causa de aquelsilencio
estúpido. Porque la mirada de doña Lupe ejercía sobre élfascinación singularísima, y teniendo
mucho que decir, no lograbadecirlo. «¿Pero qué diría yo?... ¿Cómo empezaría yo?» pensaba
fijando lavista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete.
—Todo se arreglará—indicó doña Lupe en tono conciliador—, si consigoquitarte de la cabeza
esas humaredas. Porque tú tienes sentimientoshonrados, tienes buen juicio... Pero siéntate. Me da
fatiga de verte enpie.
—Es menester que usted se entere bien—dijo Maximiliano al sentarse enel sillón, creyendo
haber encontrado un buen cabo de discurso paraempezar—; se entere bien de las cosas... Yo...
pensaba hablar austed...
—¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!... ¡Vaya, que un chicodelicadito como tú,
meterse con esas viciosonas...! Y no te quepaduda... Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes
enfermo, no vengas aque te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo,ingrato,
tunante... ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuandote saco adelante con tanto trabajo y
soy para ti más que una madre; teparece bien que me des este pago, infame, y que te me cases
con unamujer de mala vida?
Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a loslabios.
«No es eso, tía, no es eso—sostuvo, entrando en posesión de sí mismo—.No es mujer de mala
vida. La han engañado a usted».
—El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces...Pero ahora lo
veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que tevoy a dejar hacer tu gusto. ¿Por
quién me tomas, bobalicón?... ¡Ah, siyo no hubiera tenido tanta confianza...! ¡Pero si he sido una
tonta; sime creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado,buena. Eres un
apunte... en toda la extensión de la palabra.
Maximiliano, al oír esto, estaba profundamente embebecido, mirando elretrato de Rufinita
Torquemada. La veía y no la veía, y sóloconfusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía
cargo de laactitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino yfigurando que estaba
en una barca. Vuelto en sí, pensó en defenderse;pero no podía encontrar las armas, es decir, las
palabras. Con todo, nipor un instante se le ocurría ceder. Flaqueaba su máquina nerviosa; perola
voluntad permanecía firme.
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