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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

buena hora la media noche. Porqueseguramente ella había de alzar la voz y no convenía el
escándalo.También era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si lesofocaban tan
a deshora, y doña Lupe no quería martirizarle. Lelo y mudoestaba el estudiante en la puerta de su
cuarto, cuando su tía se volvióhacia él, y echándole una mirada muy significativa, le dijo:
«Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y mañana te ajustaré lascuentas...». Se fue hacia su
alcoba; pero no había dado diez pasos,cuando volvió airada amenazándole con la mano y con un
grito:«¡Grandísimo pillo!... Pero tente boca. Quédese esto para mañana... Adormir se ha dicho».
No durmió Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su tía.Su imaginación
agrandaba a veces el conflicto haciéndolo tanhermosamente terrible como una escena de
Shakespeare; otras lo reducía aproporciones menudas. «¿Y qué, señora tía, y qué?—decía
alzando loshombros dentro de la cama, como si estuviera en pie—. He conocido unamujer, me
gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta...Pues estamos frescos... ¿Soy yo
alguna máquina?... ¿no tengo mi librealbedrío?... ¿Qué se ha figurado usted de mí?». A ratos se
sentía tanfuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a laalcoba de su tía,
tirarle de un pie, despertarla y soltarle estejicarazo: «Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si
mi familia seempeña en tratarme como a un chiquillo, yo le probaré a mi familia quesoy
hombre». Pero se quedó helado al suponer la contestación de su tía,que seguramente sería esta:
«¿Qué habías tú de ser hombre, qué habías deser...?».
Cuando el buen chico se levantó al día siguiente, que era domingo, yadoña Lupe había vuelto
de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, laverdad, no pudo pasarlo, porque se le había puesto en
el epigastrio latirantez angustiosa, síntoma infalible de todas las situacionesapuradas, lo mismo
por causa de exámenes que por otro temor o sobresaltocualquiera. Estaba lívido, y la señora
debió de sentir lástima cuando levio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala
dejuicio. La ventana estaba abierta, y doña Lupe la cerró para que elpobrecillo no se constipase,
pues una cosa es la salud y otra lajusticia. Venía el delincuente con las manos en los bolsillos y
unagorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro decasa, tan mustio y
abatido que era preciso ser de bronce para nocompadecerle. Doña Lupe tenía una falda de diario
con muchos y grandesremiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros,
toquillaoscura envolviendo el arrogante busto, pañuelo negro en la cabeza,mitones colorados y
borceguíes de fieltro gruesos y blandos, tan blandosque sus pasos eran como los de un gato. El
gabinetito era una pieza muylimpia. Una cómoda y el armario de luna de forma vulgar eran
losprincipales muebles. El sofá y sillería tenían forro de crochet aestilo de casa de huéspedes,
todo hecho por la señora de la casa.
Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retratodel difunto esposo de doña
Lupe, colgado en el sitio presidencial, uncuadrángano al óleo, perverso, que representaba a D.
Pedro Manuel deJáuregui, alias el de los Pavos, vestido de comandante de la MiliciaNacional,
con su morrión en una mano y en otra el bastón de mando.Pintura más chabacana no era posible
imaginarla. El autor debía de seruna especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras
de leche.Sostenía, no obstante, doña Lupe que el retrato de Jáuregui era una obramaestra, y a
cuantos lo contemplaban les hacía notar dos cosassobresalientes en aquella pintura, a saber: que
donde quiera que sepusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, yque la
cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa delmorrión, en una palabra, toda la
parte metálica estaba pintada de lamanera más extraordinaria y magistral.
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