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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

satisfecha. «Cosas de losnervios, ¿verdad Jacintillo? Esta pícara imaginación... Es como
cuandotú te ponías enfermo y delirante esperando ver salir una carta que nosalía nunca.
Francamente, yo me creía más fuerte contra esta horribleneurosis de la carta que no sale».
Una noche que hacía mucho frío, entró el Delfín en su casa no muy tarde,en un estado
lamentable. Se sentía mal, sin poder precisar lo que era.Dejose caer en un sillón y se inclinó de
un lado con muestras deintensísimo dolor. Acudió a él su amante esposa, muy asustada de
verleasí y de oír los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, juntocon una expresión fea
que se perdona fácilmente a los hombres quepadecen. «¿Qué tienes, nenito?». El Delfín se
oprimía con la mano elcostado izquierdo. Al pronto creyó Jacinta que a su marido le
habíanpegado una puñalada. Dio un grito... miró; no tenía sangre...
«¡Ah! ¿Es que te duele?... ¡Pobrecito niño! Eso será frío... Espérate,te pondré una bayeta
caliente... te daremos friegas con... conárnica...».
Entró Barbarita y miró alarmada a su hijo, pero antes de tomar ningunadisposición, echole una
buena reprimenda porque no se recataba delcrudísimo viento seco del Norte que en aquellos días
reinaba. Juanentonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El frío que leacometió fue tan
intenso que las palabras de queja salían de sus labioscomo pulverizadas. La madre y la esposa se
miraron con terrorconsultándose recíprocamente en silencio sobre la gravedad de
aquellossíntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esascalles, noche tras
noche. ¿En dónde estará la res? Tira por aquí, tirapor allá, y nada. La res no cae. Y cuando más
descuidado está elcazador, viene callandito por detrás una pulmonía de la finas, leapunta, tira, y
me le deja seco.
Madrid.—Enero de 1886.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
Fortunata y Jacinta: (dos historias de
casadas)
por
B. Pérez Galdós
PARTE SEGUNDA
 
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