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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—¿Pero no la vio salir; no la siguió después para ver dónde vive?
—Eso te tocaba a ti... También él lo habría hecho. Pero considera, almacristiana, que
Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, yprecisamente había junta aquella tarde, y
nuestro amigo iba alministerio con la puntualidad de un Pez.
Quedose Juan con esta noticia más pensativo y peor humorado, sintiendoarreciar los síntomas
del mal que padecía, y que principalmente sealojaba en su imaginación, mal de ánimo con
mezcla de un desate nerviosoacentuado por la contrariedad. ¿Por qué la despreció cuando la tuvo
comoera, y la solicitaba cuando se volvió muy distinta de lo que habíasido?... El pícaro ideal,
¡ay!, el eterno ¿cómo será? Y la pobreJacinta, a todas estas, descrismándose por averiguar qué
demonches deantojo o manía embargaba el ánimo de su inteligente esposo. Este semostraba
siempre considerado y afectuoso con ella; no quería darlemotivo de queja; mas para conseguirlo,
necesitaba apelar a su mismaimaginación dañada, revestir a su mujer de formas que no tenía,
ysuponérsela más ancha de hombros, más alta, más mujer, más pálida... ycon las turquesas
aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrireste arcano escondidísimo del alma de Juanito
Santa Cruz, de fijo pideel divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas
máshondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacintani con todo el plomo del
mundo.
Cada día más dominado por su frenesí investigador, visitó Santa Cruzdiferentes casas, unas de
peor fama que otras, misteriosas aquellas,estas al alcance de todo el público. No encontrando lo
que buscaba en loque parece más alto, descendió de escalón en escalón, visitó lugaresdonde
había estado algunas veces y otros donde no había estado nunca.Halló caras conocidas y amigas,
caras desconocidas y repugnantes, y atodas pidió noticias, buscando remedio al tifus de
curiosidad que leconsumía. No dejó de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieranesconderse
la vergüenza perdida o la perdición vergonzosa. Susexplicaciones parecían lo que no eran por el
ardor con que laspracticaba y el carácter humanitario de que las revestía. Parecía unpadre, un
hermano que desalado busca a la prenda querida que ha caído enlos dédalos tenebrosos del vicio.
Y quería cohonestar su inquietud conrazones filantrópicas y aun cristianas que sacaba de su
entendimientorico en sofisterías. «Es un caso de conciencia. No puedo consentir quecaiga en la
miseria y en la abyección, siendo, como soy, responsable...¡Oh!, mi mujer me perdone; pero una
esposa, por inteligente que sea, nopuede hacerse cargo de los motivos morales, sí, morales que
tengo paraproceder de esta manera».
Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo sele antojaba que era la
que buscaba. Corría, miraba de cerca... y no era.A veces creía distinguirla de lejos, y la forma se
perdía en el gentíocomo la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro dela
movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y losportales, le traían
descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, aoscuras aquí, allá iluminadas por la claridad
de las tiendas; mas lasuya no parecía. Entraba en todos los cafés, hasta en algunas tabernasentró,
unas veces solo, otras acompañado de Villalonga. Iba con lacertidumbre de encontrarla en tal o
cual parte; pero al llegar, laimagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos,
sedesvanecía en la realidad. «¡Parece que donde quiera que voy —decía conprofundo tedio—
llevo su desaparición, y que estoy condenado aexpulsarla de mi vista con mi deseo de verla!».
Decíale Villalonga quetuviera paciencia; pero su amigo no la tenía; iba perdiendo la serenidadde
su carácter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bienequilibrado como él le
trastornase tanto un mero capricho, una tenacidaddel ánimo, desazón de la curiosidad no
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