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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

Delfín afectaba una gravedad yun seso propios de su talento y reputación; pero acentuaba tanto
lapostura, que parecía querer olvidar con una conducta sensata laschiquilladas del periodo
catarral. Con su mujer mostrábase siempreafable y atento, pero frío, y a veces un tanto
desdeñoso. Jacinta setragaba este acíbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marrasempezaban
a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, tratabade personalizar las distracciones
de su marido. Pensaba primero en lainstitutriz de las niñas de Casa-Muñoz, por ciertas cosillas
que habíavisto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de unaconversación de Juan
con su confidente Villalonga. Después tuvo esto porun disparate y se fijó en una amiga suya,
casada con Moreno Vallejo,tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha señora gastaba
unlujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Había, pues, un amante. AJacinta se le puso en la
cabeza que este era el Delfín, y andabadesalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera
que se loconfirmase. Más de una vez sintió las cosquillas de aquella rabietinainfantil que le
entraba de sopetón, y daba patadillas en el suelo ytenía que refrenarse mucho para no irse hacia
él y tirarle del pelodiciéndole: pillo... farsante, con todo lo demás que en su grescamatrimonial
se acostumbra. Lo que más la atormentaba era que le queríamás cuando él se ponía tan juicioso
haciendo el bonitísimo papel de unapersona que está en la sociedad para dar ejemplo de
moderación y buencriterio. Y nunca estaba Jacinta más celosa que cuando su marido se
dabaaquellos aires de formalidad, porque la experiencia le había enseñado aconocerle, y ya se
sabía, cuando el Delfín se mostraba muy decidor defrases sensatas, envolviendo a la familia en el
incienso de suargumentación paradójica, picos pardos seguros.
Vinieron días marcados en la historia patria por sucesos resonantes, yaquella familia feliz
discutía estos sucesos como los discutíamos todos.¡El 3 de Enero de 1874!... ¡El golpe de Estado
de Pavía! No se hablabade otra cosa, ni había nada mejor de qué hablar. Era grato
altemperamento español un cambio teatral de instituciones, y volcar unasituación como se vuelca
un puchero electoral. Había estadoadmirablemente hecho, según D. Baldomero, y el ejército
había salvadouna vez más a la desgraciada nación española. El consolidado habíallegado a 11 y
las acciones del Banco a 138. El crédito estaba hundido.La guerra y la anarquía no se acababan;
habíamos llegado al períodoálgido del incendio, como decía Aparisi, y pronto, muy pronto, el
quetuviera una peseta la enseñaría como cosa rara.
Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara lamemorable sesión de la
noche del 2 al 3, porque la había presenciado enlos escaños rojos. Pero el representante del país
no aportaba por allá.Por fin se apareció el día de Reyes por la mañana. Pasaba Jacinta por
elrecibimiento, cuando el amigo de la casa entró.
«Tocaya, buenos días... ¿cómo están por aquí? ¿Y el monstruo, se halevantado ya?».
Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en lacreencia de que
Villalonga era el corruptor de su marido y el que learrastraba a la infidelidad.
«Papá ha salido —díjole no muy risueña—. ¡Cuánto sentirá no verle austed para que le cuente
eso!... ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan quese metió usted debajo de un banco».
—¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?
—No, se está vistiendo. Pase usted.
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