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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

—Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Estás como lasgatas paridas,
escondiendo las crías hoy aquí, mañana allá.
—¿Y qué remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que nolo piensen... ¡Qué
cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a él no lehan hecho ir nunca a los entierros, pisando
lodos, aguantando la lluviay el frío, le parece muy natural que el otro pobrecito se críe
entreataúdes... Sí, está fresco.
—Yo me encargo de pagarle la pensión en casa de Candelaria—dijoBarbarita, secreteándose
con su hija como los chiquillos que estánconcertando una travesura—. Me parece que debo
empezar por comprarleuna camita. ¿A ti qué te parece?
Replicó la otra que le parecía muy bien y se consoló mucho con estaconversación, dándose a
forjar planes y a imaginar goces maternales.Pero quiso su mala suerte que aquel mismo día o el
próximo cortase elvuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llamó a su despacho paraecharle el
siguiente sermón:
«Querida, me ha dicho Bárbara que estás muy confusa por no saber quéhacer con ese
muchacho. No te apures; todo se arreglará.
Porque tú te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez,bueno será que no te dejes
llevar de tu buen corazón... tan a paso decarga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los
impulsos sublimes...Dice Juan, y está muy en lo justo, que los procedimientos
angelicalestrastornan la sociedad. Como nos empeñemos todos en ser perfectos, nonos podremos
aguantar unos a otros, y habría que andar a bofetadas...Bueno, pues te decía, que ese pobre niño
queda bajo mi protección; perono vendrá a esta casa, porque sería indecoroso, ni a la casa de
ningunapersona de la familia, porque parecería tapujo».
No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padrepolítico le inspiraba
le quitó el resuello, imposibilitándola deexpresar lo mucho y bueno que se le ocurría.
«Por consiguiente —prosiguió el respetable señor tomándole a su nueralas dos manos—, ese
caballerito que compraste será puesto en el asilode Guillermina... No hay que fruncir las cejas.
Allí estará como en lagloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le
déeducación y una crianza conveniente. Aprenderá un oficio, y quién sabe,quién sabe si una
carrera. Todo está en que saque disposición. Parécemeque no te entusiasmas con mi idea. Pero
reflexiona un poquito y verásque no hay otro camino... Allí estará tan ricamente, bien comido,
bienabrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de paño del Reinopara que les haga
chaquetas. Verás que guapines les va a poner. ¡Y queno les llenan bien la barriga en gracia de
Dios! Observa, si no, loscachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran
muchosniños, cuyos papás gastan levita y cuyas mamás se zarandean por ahí,estar tan lucidos y
bien apañados como están los de Guillermina».
Jacinta se iba convenciendo, y cada vez sentía menos fuerza paraoponerse a las razones de
aquel excelente hombre.
«Sí; aquí donde me ves—agregó Santa Cruz con jovialidad—, yo tambiénle tengo cariño a ese
muñeco... quiero decir que no me libré delcontagio de vuestra manía de meter chicos en esta
casa. Cuando Bárbarame lo dijo, estaba ella tan creída de que era mi nieto, que yo tambiénme lo
tragué. Verdad que exigí pruebas... pero mientras venían talespruebas, perdí la chaveta... ¡cosas
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