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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

Una visita al Cuarto Estado
-I-
Al día siguiente, el Delfín estaba poco más o menos lo mismo. Por lamañana, mientras
Barbarita y Plácido andaban por esas calles de tiendaen tienda, entregados al deleite de las
compras precursoras de Navidad,Jacinta salió acompañada de Guillermina. Había dejado a su
esposo conVillalonga, después de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgende la Paloma a
oír una misa que había prometido. El atavío de las dosdamas era tan distinto, que parecían ama y
criada. Jacinta se puso suabrigo, sayo o pardessus color de pasa, y Guillermina llevaba el
trajemodestísimo de costumbre.
Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no ladistrajo de la atención que a
su propio interior prestaba. Los puestos amedio armar en toda la acera desde los portales a San
Isidro, lasbaratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre deAlcaraz y los veinte
mil cachivaches que aparecían dentro de aquellosnichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor
dispuestos, pasaban antesu vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibíatan
sólo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, ylo digo así, porque era como
si ella estuviese parada y la pintorescavía se corriese delante de ella como un telón. En aquel
telón habíaracimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caíande un palo
largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora, pelmazosde higos pasados, en bloques,
turrón en trozos como sillares queparecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en
barrilesrezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula,mostrando dos
pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjasen seretas o hacinadas en el arroyo. El
suelo intransitable poníaobstáculos sin fin, pilas de cántaros y vasijas, ante los pies delgentío
presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carrosparecía hacer bailar a personas y
cacharros. Hombres con sartas depañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte
como sifueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregonesenfáticos, acosando
al público y poniéndole en la alternativa de compraro morir. Jacinta veía las piezas de tela
desenvueltas en ondas a lolargo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos
depuerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellasrúbricas de trapo. De
ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillasde los colores vivos y elementales que agradan a
los salvajes. Enalgunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa;el
bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tienela acidez del vinagre; el
cobalto, que infunde ideas de envenenamiento;el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila,
que tiene cierto airede poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta. Las bocas delas
tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior deellas tan abigarrado como la parte
externa, los horteras de bruces en elmostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos
braceaban, como sinadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de
aquellostenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revistende corsés
encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacengraciosas combinaciones decorativas.
Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eranmaniquís vestidos de señora
con tremendos polisones, o de caballerocon terno completo de lanilla. Después gorras muchas
gorras, posadas yalineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadascon un
palo, zamarras y otras prendas que algo, sí, algo tenían de sereshumanos sin piernas ni cabeza.
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