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Fortunata y Jacinta: Dos Historias de Casadas

y a la bóveda de San Ginés a abrirse las carnes con elzurriago... Que venga para decirle: «lorito,
daca la pata».
—¡Pero, qué impertinente! Ya sabes que el pobre Plácido se acuestaentre nueve y diez. Tiene
que estar en planta a las cinco de la mañana.Como que va a despertar al sacristán de San Ginés,
que tiene un sueñomuy pesado.
—Y porque el sacristán de San Ginés sea un dormilón, ¿me he defastidiar yo? Que entre
Estupiñá y me dé tertulia. Es la única personaque me divierte.
—Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.
—Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.
Y entraba Plácido y le contaba mil cosas divertidas, que siento nopoder reproducir aquí. No
contento con esto, quería divertirse a costade él, y recordando un pasaje de la vida de Estupiñá
que le habíancontado, decíale:
«A ver, Plácido, cuéntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillastedelante del sereno, creyendo
que era el Viático...».
Al oír esto, el bondadoso y parlanchín anciano se desconcertaba.Respondía torpemente,
balbuciendo negativas y «¿quién te ha contado esapaparrucha?». A lo mejor, saltaba Juan con
esto: «¿Pero di, Plácido, túno has tenido nunca novia?».
—Vaya, vaya, este Juanito —decía Estupiñá levantándose paramarcharse—, tiene hoy ganas
de comedia.
Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como sueledecirse, al quite de estas
bromas que tanto le molestaban. «Hijo, no tepongas tan pesado... deja marchar a Plácido. Tú,
como te estás durmiendohasta las once de la mañana, no te acuerdas del que madruga».
Jacinta, entre tanto, había salido un rato de la alcoba. En el salón vioa varias personas, Casa-
Muñoz, Ramón Villuendas, D. ValerianoRuiz-Ochoa y alguien más, hablando de política con tal
expresión deterror, que más bien parecían conspiradores. En el gabinete de Barbaritay en el
rincón de costumbre halló a Guillermina haciendo obra de mediacon hilo crudo. En el ratito que
estuvo sola con ella, la enteró delplan que tenía para la mañana siguiente. Irían juntas a la calle
de Mirael Río, porque Jacinta tenía un interés particular en socorrer a lafamilia de aquel
pasmarote que hace las suscriciones. «Ya le contaré austed; tenemos que hablar largo». Ambas
estuvieron de cuchicheo un buencuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.
«Hija, por Dios, ve allá. Hace un rato que te está llamando. No tesepares de él. Hay que
tratarle como a los chiquillos».
«Pero mujer, te marchas y me dejas así... ¡qué alma tienes!—gritó elDelfín cuando vio entrar a
su esposa—. Vaya una manera de cuidarle auno. Nada... Lo mismo que a un perro».
—Hijo de mi alma, si te dejé con Plácido y tu mamá... Perdóname, yaestoy aquí.
Jacinta parecía alegre, Dios sabría por qué... Inclinose sobre el lechoy empezó a hacerle
mimos a su marido, como podría hacérselos a un niñode tres años.
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