—Te repito que Magdalena está en un muy triste estado de
salud. No haempeorado de algún tiempo a esta parte, pero
continúa mal.
—Oliverio—exclamé,—vayas tú o no a Nièvres yo estaré allí
mañana.Nadie me ha despedido de la casa de Magdalena, me
alejé de ellavoluntariamente. Le había dicho a Magdalena que
me escribiera el día quetuviera necesidad de mí; si ella tiene
motivos para callar, yo los tengopara correr a su lado.
—Harás absolutamente lo que quieras. En semejante caso
obraría como tú,dejando a salvo el arrepentimiento si el remedio
era peor que laenfermedad.
El día siguiente estaba yo en Nièvres. Llegué por la tarde un
poco antesde cerrar la noche. Era el mes de noviembre. Me apeé
a cierta distanciade la verja, en pleno bosque. Atravesé el patio
de entrada sin sernotado. Al extremo de las habitaciones de
servicio a la derecha brillabaluz en las cocinas. Dos ventanas se
destacaban luminosas sobre lafachada del castillo. Me fui en
derechura al vestíbulo cuya puertaestaba sólo entornada; alguien
lo cruzaba cuando yo entré, estabaoscuro. «¿La señora De
Nièvres?» dije creyendo que hablaba con algunadoncella de la
servidumbre. La persona a quien me había dirigido sevolvió
bruscamente, vino hacia mí y lanzó un grito: era Magdalena.
Se quedó petrificada por la sorpresa y yo le tomé la mano sin
hallarfuerzas para articular una sola palabra. La escasa, claridad
que veníade fuera le prestaba la blancura de una estatua: sus
