que existen!... Yo los he conocido siempre: estaban enel colegio;
allí pudiste conocerlos también tú; no dejaron de habitarloni un
sólo día durante los tres años de vulgaridad y de mezquindades
queen él pasé. Perdona que te lo diga: a veces iban a casa de tu
tía y a lade mis primas. Había olvidado casi que habitaban en
París y continúohuyendo de ellos, lanzándome al bullicio en pos
de lo imprevisto, dellujo con la idea de que esos dos pequeños
espectros burgueses,parsimoniosos, tímidos, rutinarios, no me
seguirán por ese camino. Ellosdos solos han hecho más víctimas
que muchas pasiones calificadas demortales: conozco sus
costumbres homicidas y les tengo miedo...
Así continuó hablando en tono semiserio, exponiendo ideas
que equivalíana la confesión de errores insanables y haciéndome
temer vagamentedesanimaciones cuya solidez ya conoce usted.
—¿Irás a saber noticias de Julia?—le pregunté.
—¿Has previsto lo que te espera?
—He previsto que se casará con otro o se quedará soltera.
—Adiós—le dije, aunque todavía no había salido de mi cuarto.
Y nos separamos después de esta última palabra que no afectó
en el fondoa nuestra amistad, pero que quebró todo, sin más
ruido, secamente, comose rompe un vaso.
