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Fiebre de Amor (Dominique)

más derechamente posible por la senda de laprudencia y podrá
usted afirmar que ha visto un hombre feliz.
Aunque no era positivamente tan vulgar como pretendía y
antes derelegarse a la oscuridad de su provincia hubiera
alcanzado un comienzode celebridad, gustaba confundirse entre
la multitud de desconocidos quellamaba cantidades negativas. A
los que le hablaban de su juventud yle recordaban los
resplandores bastante vivos que durante ella habíalanzado, les
replicaba que era sin duda una ilusión de los demás y
suyapropia, que en realidad él no era nadie, y lo demostraba el
que en lopresente se parecía a todo el mundo, resultado de
absoluta equidad, queaplaudía considerándolo como una
restitución legítima a la opiniónpública. Con este motivo repetía
que son muy pocos los que merecen serconsiderados como
excepción, que el papel de privilegiado es muyridículo, el
menos excusable y el más vano cuando no está justificadopor
dones superiores: que el deseo audaz de distinguirse entre el
comúnde las gentes no es, por lo general, más que una falsía
cometida encontra de la sociedad y una imperdonable injuria a
todas las personasmodestas que no son nada: que atribuirse
lustre al cual no se tienederecho es usurpar títulos de otro y
correr el riesgo de hacerse tomar,más tarde o más temprano, en
flagrante delito de pillaje en el tesoropúblico de la fama.
Quizás se deprimía él así para explicar su retirada y para alejar
el másleve pretexto de reincidencia en las propias añoranzas y
en las de losamigos. ¿Era sincero? Muchas veces me lo he
preguntado, y algunas hellegado a dudar que un espíritu como el
suyo, tendiente alperfeccionamiento, estuviera tan
completamente resignado con la derrota.¡Pero son tan variados
los matices de la sinceridad más leal! ¡Haytantas maneras de
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