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Fiebre de Amor (Dominique)

I
—Ciertamente, no tengo por qué quejarme—me decía aquel
cuyasconfidencias referiré en el relato muy sencillo y muy poco
novelesco quevoy a hacer,—porque, a Dios gracias, no soy ya
nada, en el supuestode que alguna vez fui algo, y a muchos
ambiciosos les deseo que acabende la misma manera. He
encontrado la certidumbre y el reposo, que valenmucho más que
todas las hipótesis. Me he puesto de acuerdo conmigomismo,
que cifro la mayor victoria que podemos lograr sobre
loimposible. En fin, de inútil para todos llego a ser útil para
algunos, yhe realizado en mi vida, que no podía dar nada de lo
que de ella seesperaba, el único acto que, probablemente, no era
esperado, un acto demodestia, de prudencia y de razón. No
tengo, pues, por qué quejarme. Mivida está hecha, y bien hecha,
según mis deseos y mis méritos. Esrústica, lo cual no deja de
cuadrarle bien: como los árboles de cortocrecimiento la he
cortado por la copa; tiene menos alcance y menosgracia, menos
relieve; se la ve sólo de cerca, mas no por eso tendráraíces
someras ni dejará de proyectar más sombra en torno de
ella.Existen ahora tres seres a quienes me debo y que me obligan
por deberesbien definidos, por responsabilidades muy graves,
pero que no me pesan,por vínculos libres de errores y de
añoranzas. La misión es sencilla yme bastaré para cumplirla. Y
si es verdad que el objeto de todaexistencia humana se cifra más
bien en la transmisión que en laevolución personal, si la dicha
consiste en la igualdad de los demás yde las fuerzas, marcho lo
 
 
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